Copyright

©Propiedad Intelectual RTA-241-10

viernes, 12 de diciembre de 2014

Fun, fun, fun

    Va sucediendo, sin intervención divina ni humana, simplemente porque ha de ocurrir y cuando quieres reaccionar se iluminan las bombillas, aparecen abetos surgidos del cemento, mil colores se ocupan de alegrar  desengaños. La Paz y el Amor se venden a precio de saldo.
    Una ciega Ilusión se pierde entre el paso de los años, se la van llevando aquellos que se fueron quién sabe dónde, mientras se acomoda en los pliegues de la piel un gélido desencanto. Desencanto que a veces, con uñas y dientes, entra en calor y caldea el corazón; otras en cambio, no lo consigue y el corazón tirita, porque ya usa dentadura postiza y tiene el mal vicio de comerse hasta los padrastros de sus dedos.
    El soniquete cansino de un villancico viene envuelto en brisa de nieve, avisando, alertando: “Este se acaba y bueno será el año que está por venir. ¿Seguro? ¿Usted me lo certifica? Porque en eso andamos hace ya,  y ¡oiga!, no hay manera”.

    A pesar de los pesares, se desembalan las figuritas de barro, envueltas en hojas de periódico de un año para otro; se coloca el puente de corcho sobre el río de aluminio donde brincan los peces; el castillo de Herodes sobre la caja de zapatos camuflada con papel y musgo. El pesebre, el Niño…Tres Reyes viejos como Matusalén cabalgan, sin moverse del sitio, despistados se equivocan y nunca dejan el regalo que con tanto hincapié pediste en la carta que por mensajero real les enviaste.  Se adorna el árbol. Se organiza, en bandeja plateada, el surtido de mantecados y polvorones y humedeciendo la palma de la mano se frota el carrizo de la zambomba  mientras otros a tu lado le dan a la pandereta y a la carrañaca.

    Entonces, las duquelas se diluyen entre parabienes y la tierna mirada de mis gurripatos hace posible la magia de la Navidad.

jueves, 13 de noviembre de 2014

IMPASSE

Si anduviera por los años setenta, tiraría enérgicamente del folio, liberándolo del negro caucho del rodillo de mi máquina de escribir, para acto seguido, como cruel verdugo, rasgarlo en pedazos carentes de forma que verían su fin en el fondo de la papelera. Pero me encuentro en pleno siglo XXI y ante mí, impávido, un blanco resplandece. Es el brillo eléctrico de la pantalla de plasma, el monitor de una computadora, que mal nombramos etiquetándola como ordenador. Este trasto jubiló a mi entrañable “Olivetti”, postergándola en el segundo anaquel de la librería.
El ordenador, es un artilugio fragmentado. Sus fracciones conectadas mediante cables han conseguido que, si no me gusta lo escrito, si me equivoco, basta con oprimir la tecla “Supr” y eliminado; si dudo de la ortografía no tengo porque buscar en el tocho del diccionario, en dos segundos un tal Google clarifica mis vacilaciones. Puedo reducir, ampliar, cortar, copiar, pegar, consultar, modificar…Tan solo un gesto de mi dedo índice y mil y una posibilidades se despliegan frente a mis atónitas pupilas.
            Con tanto adelanto debería de escribir de corrido, sin embargo no es así.
            Devano mi sesera en busca de un relato increíble, inaudito, pero las ideas se desparraman por entre los surcos de mis lóbulos, dejándome con la mente inmaculada.

            Esto de escribir es un sentimiento, profundo y etéreo al mismo tiempo. Es un estado de ánimo semejante al que padece un enamorado. Es una historia de amor eterno, donde las ausencias languidecen en ceniceros repletos de colillas, donde las infidelidades distorsionan el alma, donde los arrebatos devuelven el aire y se empieza a respirar henchido, donde al colocar el punto y final, el espíritu toca con la punta de sus dedos un clímax que creyó inalcanzable.

jueves, 28 de agosto de 2014

LÚJAR

    Desde crios recorremos estas empinadas y recoletas calles por lo que nuestros sentidos se han acostumbrado a la cal, al perfume de los claveles reventones asomados a las ventanas,  a ese dormitar de un gato de tres pelos en el poyete del tinao, al incansable canto del gallo apenas despunta el alba por el cerro al que conocemos como Morrote, al soniquete cansino del caminar de los mulos, a los ratos de conversación en la plaza después de misa, al grito de pescao que viene fresquito dos veces en semana y que el sábado, ya es una institución,  acompaña a una buena perola de migas de harina de trigo.
     Un macizo de riscos, de lajas afiladas, atravesado de profundos barrancos, se extiende desde el levante al poniente. Majestuosa con su tiara de nieve durante el invierno, la Sierra de Lújar, abraza esta tierra. En su falda, apiñadas unas contras otras, casitas blancas reflejan los rayos del sol. Cuando las vislumbras, al coronar el cerro del Conjuro, parecen salidas de la nada, rompiendo la dureza de la montaña, limitando espartos, bolinas y palmitos para dar paso a los campos de valientes almendros de troncos rugosos, casi negros que se intercalan con humildes algarrobos y centenarios olivos. Surge entonces, el Alcornocal, yacimiento de corcho, salvaje y frondoso cuajado de jaras que al caer la tarde invaden con su perfume el aire, llenando el espíritu de una tranquilidad suave, sencilla como sus pétalos blancos.
     El campanario de la  iglesia mudéjar anuncia que avanza la mañana y con  ella el trasiego en las cocinas donde ya hierve el puchero de coles, esas criadas en la vega, entre el maíz y las patatas y que satisfacen al más exquisito de los paladares. Ahí en la vega, cuyos surcos riega la alberca, brinca el agua que como por arte de magia, mana de la oquedad de un tajo. Caños y pilar la recogen para encauzarla por las acequias refrescando naranjos y mandarinos en un estallido de verdes  que se van difuminando y se tornan marrones. Aparecen entonces un paisaje que desciende entre veredas y caminos sorteando plantaciones de aguacates y chirimoyos, mientras los invernaderos irrumpen en el entorno de una rambla en cuya margen izquierda nuevamente las calles empinadas y casas encaladas se arremolinan en torno a la ermita y el lavadero para ir alejándose unas de otras, apareciendo cortijos que miran de frente al mar. El inmenso mar, nuestro límite, allí donde las olas, incansables, mojan el rebalaje  una y otra vez.

     Grandes piedras le llamaron aquellos fenicios que por estos parajes se asentaron, terruño duro donde los haya donde se forjaron hombres y mujeres con casta quienes amillarando sus fatigas nos dejaron en herencia esta  tierra de contraste que conforma nuestro municipio: Lújar, Los Carlos, Cortijo los García, Venta de Lújar, Cuesta de Adra y Cambriles, donde la Sierra de Lújar y el mar Mediterráneo se dan la mano, donde el sol campea a su antojo en un cielo tan azul que duele mirarlo; donde la perdiz con sus reclamos nos anuncia la primavera;  donde cultura y tradición se funden en un fervor innato por la Santa Cruz, por Santo Cristo, por la Virgen de Fátima, por la del Rosario; donde el aire es puro y huele a romero, tomillo, cantueso y gayomba; donde el canto de los grillos  amenizan las noches de verano; donde el invierno se combate al calor de un buen tronco en la chimenea; donde una tenue y húmeda neblina, a la que llamamos recencio, nos amansa el espíritu;  donde las cosas sencillas son nuestro mayor tesoro.

sábado, 19 de julio de 2014

Del verano

Las bullas de primeros de julio, por aquellos entonces, eran otras muy distintas. Los críos, ansiosos, correteaban por los cuartos reconociendo cada uno, certificando que cada cosa se mantenía en su sitio, tal y como quedaron tras el pasado fin de semana. Entre tanto, su padre y yo, lejos de comprobaciones nos afanábamos en acomodar los bultos de alimentos, ropa y demás enseres que habían ocupado hasta el último milímetro libre del maletero de nuestro Opel del 92. Dos meses por delante para vivirlos entre playa y campo, enlazando cumpleaños, fiestas patronales y tardes al fresco bajo la parra o en el poyo de la plaza. Buenos veranos, aquellos de entonces,  con el desorden propio de críos sin colegio, ausentes de horarios, libres de compromisos, cada uno en sus quehaceres predilectos. Cuando todo estaba bajo control.

lunes, 23 de junio de 2014

De vuelta

Enfrentándome de nuevo al blanco, en un intento de recuperar un vicio innato que me vuelve a encajar en el quicio del que tan a menudo me salgo por ese impulso visceral de mi carácter fuerte e indomable, por ese defecto de fabricación cuya virtud, no muy favorable, es protestar cuando no me viene al hilo la situación a la que me enfrento.
Desde que me conozco he tenido la necesidad vital de escribir, de contar, de relatar, teniendo el convencimiento de trasmitir sentimientos ocultos por simple vergüenza al “qué dirán”. Los años te dan un grado y van descargando en tu espalda ñoñeces y remilgos y te arman de osadía para ponerte manos a la obra.
Bueno ya he flanqueado la barrera del comienzo. Del retorno, diré más exactamente, porque de eso se trata, de volver a entusiasmarme uniendo vocablos aquí y allá y si de paso entretengo aquél o aquella que tropiece con uno de estos párrafos, pues habré conseguido sentirme satisfecha y eso a estas alturas de mi existencia es todo un logro.
                                          


jueves, 3 de mayo de 2012

D O S

     El dos es un guarismo simple, aburrido, desaborido, por mucho que se empeñara Dª Antonia, mi primera maestra, en representarlo como un bellísimo cisne, a pesar de que en la cancioncilla, coreada por todos los párvulos, nos referíamos a otra ave. Cantábamos: El 2 es un patito que está tomando el sol.


     Siento por el susodicho dos, una antipatía genética e irracional que no terminaba de explicarme hasta hace unas horas, en las cuales he pensado en frío sobre este número par y, para mi extrañeza, también primo. El único en medio de los impares.

    Sin percatarme de ello, el dos está supeditando nuestra realidad, y si no comprueben ustedes, ahí van tres parejas: Sarkozy y Merkel, PSOE y PP, Real Madrid y Barça. Muchas más parejitas me vienen incomodando, sin embargo las dejaré en el saco roto donde las guardo, a ver si encuentran el descosido y se van a hacer puñetas.

    Nos estamos acomodando a este dos de las narices (que aunque tan sólo tengamos una, la mentamos en plural).

   Temo los extremos pares porque la realidad no es extremista, no es dualista. Ni arriba ni abajo, a media altura es el sitio. Ni de día ni de noche, el atardecer es extraordinario. Ni blanco ni negro, el gris tiene su encanto. Ni frío ni calor, la primavera es ideal. Ni por la izquierda ni por la derecha, por mitad de la vereda se contempla mejor el paisaje.

   Ni buenos ni malos, simplemente en la travesura está el secreto de la inquieta ingenuidad de un niño.



lunes, 4 de abril de 2011

La taba roja (fragmento)

Volvió a su ático a pesar de la insistencia de Arturo para que se quedara esa noche a dormir. Se encontraba mucho mejor, relajada, casi tenía asumido su encuentro con Gabriel, aunque las pruebas que esgrimió el amante de su madre le dieran la certeza de una historia que creyó de una extraña. Las palabras de Gabriel continuaban dando coletazos en su mente, buscando sitio entre sus recuerdos.
Dejó correr un poco el agua y se llenó un vaso. Estaba fría, cristalina, sin color. Agua. La fue bebiendo despacio, dejándola discurrir, sintiéndola bajar por su garganta. Llenó un segundo vaso y lo bebió de igual modo. Una lucecita roja, la regresó a la cocina:
              -¡Mierda! La lavadora, desde ayer. Anda que estará buena la ropa-hablaba sola, discutía con ella misma en voz alta-¡Que coraje! Mano a poner otra vez el suavizante. Le daré un enjuagón- y se puso manos a la obra para intentar que las prendas, centrifugadas, arrugadas y apelmazadas, volvieran a su estado de origen. Luego, se retiró a su dormitorio para propiciar a su mente y a su cuerpo, un merecido descanso, el cual le permitiera afrontar, con energías renovadas, un nuevo día.
Sin embargo, el ánima del abuelo Inocencio deambulaba entre su cama y el comodín. Se asomaba a la ventana. Se sentaba en su calzadora. La miraba desde la puerta de su dormitorio.
            -¡Maldito!-se incorporo de golpe y de golpe se dejó caer sobre la almohada. Varias vueltas infructuosas entre las mantas la obligaron a levantarse. Fue encendiendo cada uno de los interruptores por los que iba pasando, iluminando su paso, alumbrando las sombras de espectros imaginarios, hasta verse de nuevo en la cocina. En uno de los cajoncillos, bajo la encimera, guardaba el paracetamol. Con la ayuda de un vaso de leche, se lo tomó y volvió sobre sus pasos. Pero, al atravesar el salón, su vista, sin recibir el mandato de su cerebro, se detuvo en la estantería donde los álbumes de fotos, guardan instantes de vida.
           -¡Estas guapísima, Marianita! Pareces un ángel-el abuelo sorprendido, la miraba de abajo arriba. De arriba abajo-A partir de ahora tienes que ser muy buena, sino ya sabes, Dios te castigará. No puedes faltar ni un solo domingo a Misa, si te portas mal no podrás comulgar…
          -Papá, ya sabe todo eso. La estás poniendo nerviosa-acudió en defensa de su hija, Adela Mastranzo.
          -Toma, mira el regalo que te he traído-besó a su nieta, disimulando la incómoda intromisión de su hija, en las recomendaciones que relataba y que creyó convenientes dar-Es un álbum, para que pongas tus fotos de Primera Comunión, y firmemos todos los que te vamos a acompañar en el día más importante de tu vida.
La niña miró el libro encuadernado en fina piel blanca, blanquísima. En la parte inferior derecha, de la portada, grabado, como si lo hubieran marcado a hierro candente, la silueta de un cáliz, del que sobresalía la hostia sagrada. Lo abrió. Este álbum pertenece a………… Hice mi Primera Comunión el día……….en la Iglesia………….. Y así unos párrafos más a cumplimentar por la protagonista de tal especial ocasión.
Sor María del Perpetuo Socorro iba recibiendo a cada una de las niñas, que de la mano de sus padres, llegaban muy recogidas hasta la sacristía, impecables en sus trajes de hilo almidonados. El velo de tul, prendido en un casquete, se anudaba bajo sus barbillas con un lazo de raso.
La monja, encargada de aquellos menesteres durante dos décadas, repasaba con rigor la postura de las infantas. En una voz tan baja, tan espiritual, tan casi imperceptible, las corregía:      
            -Las manos, procurad llevarlas juntas, sobre el pecho. La cabeza baja. Jesús os está esperando, tenéis que acercaros a Él con mucho recogimiento.
El vestido le picaba en la espalda y el los brazos, pero no podía modificar su pose. “Quieta, aguanta” se convencía.
Con un susurro, Sor María del Perpetuo Socorro, le avisó:
            -Mariana, es tu turno.
Tropezó con el reclinatorio, pero hábil, salvó el escollo y salió de su puesto encaminándose por el pasillo central de la iglesia hasta el altar:
           -Yo, Mariana, renuncio a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y prometo servir a Jesucristo por siempre jamás-desertó del Maligno con una perfecta pronunciación.
Este álbum pertenece a Mariana Alhamijo Mastranzo. Hice mi Primera Comunión el día 13 de Mayo de 1.963, en la Iglesia Nuestra Señora de la Merced de las Hermanas Mercedarias.
Pasó estas páginas preliminares, buscaba las fotografías que su madre colocó unos días más tarde. Su primer plano, en blanco negro, era la primera. Luego, una foto con papá y mamá; otra con el hermano de papá, el tío Angel y su mujer, la tía Manoli, y los primos, Jordi y Manel, que viajaron desde Barcelona, donde emigraron en el 1.960 en busca de un mejor porvenir; una más, donde se fotografió con los abuelos Carlos y Margarita. Una última con el abuelo Inocencio y la abuela Adelaida. Al pie de cada instantánea, la dedicatoria y la rubrica de los figurantes adultos.
Exasperada cerró el libro. Se giró, buscando a su alrededor, incierta. Rascaba su barbilla y de pronto chasqueó las yemas de sus dedos.
Concienzudamente secaba uno de los senos del fregadero, había vuelto otra vez a su cocina. Ni una sola gota de humedad, así la combustión sería perfecta. Despegó cada foto del libro de su primera comunión y las apartó sobre la encimera, todas menos una. Después, rasgó cada hoja del álbum, dejando caer el destrozado papel en la concavidad de aluminio. Hizo trizas la foto donde un hombre muy compuesto, con un traje de “Príncipe de Gales” se apoyaba con ambas manos, sobre sus hombros, a su espalda, y una mujer muy elegante en su vestido de media manga francesa, con altos tacones de aguja, la cogía de una mano. Los tres, junto a unas de las centenarias palmeras del jardín del colegio. Como un cruel verdugo, prendió los vestigios de aquel 13 de mayo y se encendió un cigarrillo. Mientras contemplaba la quema, fumaba apoyada sobre el quicio de la despensa.
Inocencio y Adelaida ardían en un fuego que, Mariana deseó fuera eterno.

martes, 8 de febrero de 2011

LA TABA ROJA (fragmento)

La vecina del tercero izquierda, era una solterona muy cotilla, se conocía la vida y milagros de cada uno de los moradores de aquella comunidad. Tanto era así que bastaba con preguntarle a ella, para saber a la perfección si el del cuarto estaba al corriente en el pago de las mensualidades o si el matrimonio del segundo, seguía tan unido como el primer día o si el niño de los Antúnez regresaba de madrugada con demasiada alegría. Un portento, aquella señora no tenía desperdicio, era una enciclopedia del saber vecinal.


Había terminado de recoger la cocina. Una cazuela de boquerones con tomates y pimientos, fue su almuerzo, la paga no le daba para muchos lujos y su delicada digestión, no le permitía excederse en su dieta. Su médico de familia se lo tenía advertido, “Nada de carnes grasas y coma cinco veces al día, poco, pero varias veces”, le aconsejaba cada mes, cuando acudía a su consulta en busca de las recetas para los comprimidos de la tensión arterial y el colesterol. En lo único que no le obedecía era en su recomendación de dormir la siesta. A veces lo intentó, pero se levantaba de muy mal humor, además se desvelaba por la noche, así que ella durante esa media hora, salía a la terracilla desde donde contemplaba el deambular de la gente por su calle y controlaba el portal del edificio, no sin antes llenar el plato de su querido Panceta, un gatito romano tan viejo como ella.

Estaba el día desapacible, pero no se turbó, echó mano de su toquilla y cubriendo sus hombros, se asomó como de costumbre. Al poco vio como un individuo pulsaba todos los llamadores electrónicos de su inmueble. “¿Qué querrá éste ahora?”, pensó. Pero como no lo conocía, no le abrió. Otro vecino, más confiado, sí activó el mecanismo de apertura y, contrariada, observó al individuo penetrando en el portal. No le dio importancia al hecho, los geranios reclamaron su atención, por lo que ensimismada iba cortándoles las hojas secas.

Al rato lo vio de nuevo.

-¡Anda! Mira Panceta, el tipo ese que antes llamó a todos los timbres, acaba de salir y lleva un rollo enorme debajo del brazo. ¡Vaya por Dios! ¿Qué será? Tengo que enterarme. Venga, deja ya las raspas-empujaba al gato, intentando que le siguiera al interior.

A través de la mirilla de la puerta, oteaba el rellano, pero no había movimiento, ni siquiera escuchó nada. Se encogió de hombros, volviendo a su comedor dispuesta a ver la telenovela. Panceta la seguía maullando, porque no se le olvidaba que aún le quedaban algunas sabrosas raspillas en su comedero.

Un bullicio de puertas y pasos por las escaleras la sacó de la tensa historia de infidelidades, desamores, pasiones y odios, que la mantenía enganchada a la pequeña pantalla. Algo ocurría, ese jaleo a tan calmosas horas no era lo usual. Antes de abrir la puerta, coqueta, se arregló el pelo y compuso su toquilla, arrugada sobre el cuello. A Panceta lo metió en la cocina, por si tenía la idea de escaparse escaleras abajo, como le ocurrió en cierta ocasión y estuvo dos días callejeando en busca de novias, para volver echo una pena de arañazos y bocados, consecuencia de las luchas felinas con otros machos, disputándose los favores de lindas gatitas.

En seguida se enteró del motivo que había perturbado la paz de los vecinos. En el ático, se había cometido un robo. La puerta estaba abierta, forzada. La policía nada más llegar, mantenía al vecindario en el rellano, ocupándose de controlar el revuelo organizado. “¡Vaya por Dios!, exclamó cuando los Antúnez la pusieron al corriente. Casi se enfadó consigo misma por no haber estado atenta, ella que no perdía puntada. Pero al instante reaccionó y sintió pena por su vecina, por la dueña de aquel piso, una chica simpática, que siempre la saludaba al cruzarse con ella, que siempre tenía una caricia para Panceta. “¡Pobrecilla, que mal rato se va a llevar cuando se lo digan!”, pensó.

Al batir, el ruido del tenedor golpeando la loza del plato, alertó a Panceta. Su dueña se estaba preparando una apetitosa tortilla, por supuesto de dos huevos, pues debía de hacerlo así, para luego, al dividirla en dos, él degustara una parte. Se relamía nada más pensarlo.

-Anda vamos a cenar-le dijo al minino-a ver si nos tranquilizamos. ¡Vaya un tropel que hemos tenido! Claro que para irritación, la que debe tener la muchacha del ático. ¿Vistes su cara cuando llegó? , venía desencajada y es que no es para menos. ¡Estate quieto! Anda toma, ¡mira que manejas hambre!

lunes, 27 de septiembre de 2010

DE LUNES

     La pantalla de plasma de mi ordenador, mi ventana virtual, se abre cada mañana con su repetitiva sintonía y aparece su azul eléctrico que destella sobre mi retina hasta que después de unos instantes, acostumbrada ya al resplandor, reacciona y consigo vislumbrar un mundo cibernético que es real.

     Cartapacios obesos, rebosan de papeles impregnados en tinta láser, guardando historias de recalo de aguas, rotura de cristales, colisiones en cadena, atracos en vía pública, cédulas de citación o partes de siniestro que, irónicamente, llaman amistosos.

     El teléfono no entiende de horarios y parece que tuviera vida propia, en cuanto me ve comienza a sonar llamando mi atención, incansable no cesa hasta notar mi mano sobre su plástico negro.

     Comienzo entonces mi peculiar manera de ganarme el pan de cada día entre arrobas, contraseñas, informes, comunicados, escaneos, aperturas, cierres y que sé yo. Y entre unas y otras cosas voy respirando profundo, intentando que mi moral no baje hasta mis pies, sorteando contratiempos y haciendo, uno tras otro, propósitos de enmienda que sin saber como me apaño, nunca cumplo y remuerden mi conciencia.

     Llegados a ese punto de cabreo, miro de soslayo la otra parte de mi vida, la que tengo a cien kilómetros de aquí, a hora y cuarto de autovía, la que de fijo me voy de este mundo y no estará concluida. En ese instante me digo que les vayan dando y sonrío con malicia, satisfecha. Y es que a mí, no me hicieron para esto, mi ADN está compuesto de luz, la que nace cada día tras el Morrote; de sol, el que me acaricia y puedo mirar de frente desde mi azotea; de campo, el que en primavera se viste de verde y rojo para mí; de música, algarabía de golondrinas y gorriones; de aire, que envuelto en jara y romero me visita cada tarde desde el Alcornocal; de agua, que brama sobre riscos y gayombas, barranco abajo, al encuentro del mar.

lunes, 2 de agosto de 2010

LA MAGIA DEL PINTOR

La loseta del final del pasillo, me delató al pisarla y eso que iba con sumo cuidado, sigilosa, para que ella no descubriera que la espiaba, como cada tarde, a través de la rendija que dejaba la puerta a medio cerrar. Pero, calculé mal mis pasos.


La abuela se revolvió, asustada, en su taburete de madera torneada, dejando caer la paleta sobre la solería, donde el rojo y el blanco se alternaban a escuadra. En su mano derecha, el pincel, trazó una línea inoportuna que desfiguró lo que empezaba a ser una delicada magnolia.

-¡Niña!-gritó-que repullo me has dado y mira mi cuadro, ¡Jesús!

Yo, más amilanada que ella, al sentirme culpable del extravío de la flor, comencé a llorar.

-Venga, no llores, esto tiene apaño, ven, ya verás- vino a mí y besando con reiterada insistencia mi mejilla, sacó su pañuelo de hilo y sonó mi nariz, que ya moqueaba con tanta lágrima.

Arrimó una silla a su taburete y allí me sentó, junto a ella.

Ahora sí, a su lado, vi como la magia de su pincel iba reconstruyendo el pétalo emborronado, como los colores, por arte de birlibirloque, manchaban el lienzo en violetas, blancos, azules y pálidos amarillos.

-¡Abracadabra!, ya está-me miró orgullosa, retirándose hasta casi el fondo del cuarto para disfrutar de su obra.

¡La abuela hacía magia con su pincel y su paleta!, eso era que lo hacía cada tarde, encerrada en aquella habitación, donde me tenía terminantemente prohibido entrar, donde el resquicio de la puerta sólo me dejaba ver su silueta de espaldas, desde donde un penetrante olor a disolvente y aceite me envolvía mientras la acechaba.

-Abuela, yo quiero hacer magia como tú.

Sonrió y me volvió a llenar de besos sin contestar. Me cogió de la mano, entró en su dormitorio, buscó su monedero y atravesando el jardín de setos de boje de la casa, salimos a la calle. Yo la miraba de hito en hito, perpleja, no mediaba palabra, sólo sonreía complacida. Nos detuvimos al final de la calle y entramos en un enorme almacén que olía igual que la habitación donde la abuela hacía magia. Habló con el tendero. Por favor, también magenta, le indicaba ella, y uno del 0 y linaza y ese caballete, si ese, el más pequeño.

Cada tarde, cuando el sol caía perpendicular sobre el río que bordeaba la casa, la abuela y yo hacíamos magia.

Hoy, años después, alguien me comentó extrañado:

-¿Los pintores sois magos?

-Sí, porque sobre un lienzo en blanco dejamos la impronta de nuestra alma envuelta en luz y color.





martes, 4 de mayo de 2010

LAS CRUCES DE MAYO

Desde que me conozco, el Día de la Cruz ha sido uno de los grandes. Un revoleo, de claveles rojos, agitaba el aire, que a veces era de primavera, otras de un rezagado invierno. Guiñaban de patio en patio, de plazuela en plazuela, a un gentío que acudía a su reclamo.

La víspera, mi madre, planchaba cada volante de mi vestido de gitana. Sacaba del armario la caja de cartón donde guardaba los abalorios: zarcillos, collares de cuentas, pulseras, peinetas y flores de tela. Los zapatillos de tacón, salpicados de lunares, me esperaban al píe de mi cama.

El 3 de Mayo, amanecía.

De la Vega subían con las habas recién cortadas, los hortelanos, y de los hornos salían calientes y crujiendo, las salaillas.

Recorrer cada una de las cruces, era una obligación divertida. Caminaba junto a mi padre, mirando como los volantes de mi vestido bailaban al compás de mis pasos y los flecos del escote, iban y venían de un lado a otro, como las olas. Entonces llegábamos al Albayzín, a la Plaza de Aliatar, y buscábamos donde sentarnos en la terraza instalada junto a la Cruz, donde en la barra, servían cerveza fresquita o vino, de tapa: habas y salaillas, tortilla de patatas, pimientos fritos, migas… En el tablao, amenizado por guitarras, los más atrevidos bailaban al compás de granaínas, fandangos y sevillanas. Niña asómate a la reja, que te tengo que decir, que te tengo que decir un recaico a la oreja…Quiero vivir en Granada solamente por oír, la campana de la Vela, cuando me voy a dormir…

¿Sabes?-me relataba mi padre-hace muchos años, muchos, muchísimos, tantos que ni me acuerdo, que un rey editó un bando en el que escribió que cada 3 de Mayo se celebraría una fiesta en honor de la Santa Cruz. Entonces, los vecinos se reunieron y sacaron a sus patios lo mejor que tenían en sus casas: mantones, cuadros, cacharrería de cobre, colchas, jarrones de cerámica, espejos…y levantaron una cruz de flores…y acomodaron las macetas de geranios…y cubrieron el empedrado con juncia, romero, mastranzo…y espigas de cebada y trigo...y todos juntos celebraron la fiesta. Con el paso del tiempo se convirtió en una tradición popular y cada uno de los elementos es característico y tiene su significado.

Mira-proseguía él con su elocuencia-las casas de vecinos, antes, todas tenían patios, lo heredamos de los árabes, pero esto te lo contaré otro día. Alrededor de ellos, que solía tener tres plantas, estaban las viviendas. En el centro de ese patio tan singular, siempre había una fuente, por eso en cada Cruz no puede faltar la fuente con su surtidor. Yo, lo que no entendía, era aquel pero atravesado con las tijeras. Te lo explico-carraspeaba para aclararse la voz-nadie quiere que le pongan peros a su Cruz, de modo que si alguien se atreve a tal cosa, con las tijeras le cortarán la lengua.

Jamás me he atrevido a poner peros, por si acaso.

Un chavea tiraba entonces de la chaqueta de papá.

-Zeñorico, sea usté apañao y deme un chavico pá la Santa Cruz.

Mi padre rebuscaba en sus bolsillos y sacaba dos reales.

sábado, 1 de mayo de 2010

MAMÁ

Andamos siempre discutiendo, sin enfados, pero sin ponernos de acuerdo. Es que no me comprende, pienso yo. ¿Tan difícil es entender lo que le digo?, pensará ella.


Me cuenta que no fue fácil, dos días de parto y la cría sin querer nacer. Era la primera, antes se malogró. Dos turnos de matronas. Pero Loli, ¿aún estás aquí? Ella sólo acertaba a llorar, impaciente y nerviosa. De pronto, como un vendaval, de madrugada, el día de Todos los Santos, abrió sus ojillos una niña de pelo negro, regordeta y sonrosada.

Una tarde de verano fue la peor, no despertabas de tu sueño -me sigue relatando-ardías como la lumbre. Te envolví en una mantilla y así, como estabas, me tiré a la calle en busca del médico, que gracias a Dios, tenía la consulta cerca de nuestra casa. Anginas diagnosticó. La fiebre te había dejado inconsciente…

Han pasado cincuenta años, y ella sigue ahí, cómo si fuera mi sombra. Pequeña y peripuesta.

Dice le duele todo, pero cada día se compone, se pinta sus ojos, delinea sus labios y peinada de peluquería, bolso al hombro, pasea sus 86 años por los Jardincillos o la ribera del Genil, luego un café con sus hijas y una vueltecilla por el CorteInglés. Sólo voy a mirar, se excusa. Nada como una buena siesta después de almorzar y de ver la novela. Por la tarde, con un manejo envidiable del mando a distancia, revisaba todos los canales de su tdt.

Amante de la buena mesa, en el pueblo, se deleita con su placer favorito y complacemos sus caprichos de: buñuelos con chocolate o migas de sémola con pescado o habas con jamón o puchero de coles. Nunca le falta su vasillo de buen vino.

Mañana es primer domingo de Mayo y no te he comprado ningún regalo, creó que esta pincelada de frases entrelazadas son una buena felicitación: ¡te quiero, mamá!

miércoles, 14 de abril de 2010

VA POR GRANADA


       ¡Que manía de cambiar, lo que está bien, tiene estos gobernantes! Nos quieren hacer comulgar con ruedas de molino, aclarándonos que la modernidad impera, que hay que adaptarse a los nuevos tiempos. Pues así será, pero yo por más vueltas que le doy, no entiendo esa filosofía.

       Me estoy refiriendo a los nuevos espacios para disfrute público, que se están inaugurando estos días en Granada, y cuyas obras se han financiado, dicen, con la ayuda del Gobierno Central a raíz de la crisis, paro y demás males que nos oprimen.

       Ese encanto tan singular, tan emblemático, de mi ciudad, conocido en el mundo entero, está siendo sacrificado en pro de un cosmopolitismo que nos viene grande. Entiendo que existan grandes avenidas, con no sé cuantos carriles, edificios que dañan tu cuello al intentar alcanzar con la mirada sus inexistentes tejados, plazas que no son tales, donde campea el cemento y el hierro, pero aquí, en Granada, esos decorados sin alma, dañan la vista y el sentimiento.

       Ríos de tinta han corrido desde el siglo XIX, cuando a los ilustrísimos ilustrados liberales se les ocurrido embovedar el río Darro, dando fin y destruyendo un patrimonio que no les pertenecía. Decidieron enterrar, a pico y pala, el curso del río desde Plaza Nueva hasta su desembocadura en el Genil. A cambio: calles, entonces adoquinadas, hoy asfaltadas. Adiós al Puente del Carbón, al Puente de la Paja, al Puente de Castañeda…, adiós a las casas de su ribera, a los talleres de artesanía, a sus recoletas calles…Pero se congratularon ellos, ya que podían circular con sus flamantes carruajes por donde antes sólo discurría el agua, amén de la alta cotización que alcanzaron los edificios construidos a ambos lados de los márgenes fluviales donde antes florecían almeces, moredas y agriaces. Aquella remodelación se hizo para mejorar la economía de la ciudad. Claro que la mejoraron: la de sus propios bolsillos.

       No tuvieron bastante y dirigieron su interés hacía el barrio nazarí de Elvira, derribando cuanto les estorbaba para construir una gran avenida, por lo de la expansión, y abren la arteria de la Gran Vía. Acto seguido, los nuevos edificios: palacetes copiados de la rancia Europa, al que cada uno ponía su nombre y gritaba a los cuatros vientos su poder.

       Desaparecieron en unos años los que perduró durante siglos, en favor de una modernidad ficticia y bien remunerada para los propietarios del suelo urbanizado, que además eran también, claro está, los que ostentaban el poder. Quizás, ni se les pasó por sus mentes privilegiadas, que tal vez Granada debería haber crecido por el extrarradio, a las afueras de la Medina.

       Pasó el tiempo y los que vinieron después hicieron público el error cometido, error que ya no tenía apaño. Lo hecho, hecho está. Lo que aún no había sido destruido, se mantuvo, se restauró.

       Pero el ser humano no escarmienta y llegamos a la actualidad sin haber aprendido la lección de los que nos precedieron y estos de ahora, nuevos iluminados, vuelven a las andadas. Sirva como ejemplo el palacete decimonónico de la calle Alhamar, en el barrio Fígares, destruido en su totalidad y en su solar un enorme hotel de unas cuántas estrellas, de nuevo hierro y cemento donde la vegetación envolvía una coqueta vivienda o el horroroso pavimento de La Alcaicería que ha sustituido al magnífico empedrado granaíno. De pena.
       Y siguen remodelando: Plaza de San Agustín, Plaza de la Romanilla, Huerto de Carlos (Albayzín), Placeta del Humilladero,…y así hasta el infinito. Menos mal que después de un año de obras, al Paseo del Salón y Jardinillos, sólo se han atrevido a agrandarles las aceras, eso sí, las han alumbrado con una especie de alcayatas gigantes.

viernes, 26 de marzo de 2010

VIERNES DE DOLORES

           D. Enrique, párroco de San Pedro, te recibe de 5 a 7 de la tarde, sólo miércoles, jueves y viernes. Así que después de comer con mi madre (hoy es Viernes de Dolores), de menú tenía unas doradas que Isabel pescó en Motril, me encamine calle San Antón arriba. Mi padre tenía costumbre de llevar una docena de claveles rosas a las Maravillas, ritual que yo mantengo aunque ya la Hermandad no conserve ese hábito.


          La chaqueta estorbaba, el calorcillo primaveral empieza a reinar en las tardes de Granada.

         Puerta Real, Reyes Católicos, Salamanca, Bib-Rambla, Zacatín. Gran Vía….




Primera estación:

           -Una tarrina de avellana.- Es que el jueves fue de turrón y me gusta ir probando cada uno de los sabores de “Los italianos”. Desde marzo hasta el día de los Santos tengo tiempo de disfrutar de mi capricho favorito: un helado.

           Plaza Nueva era un hervidero de foráneos. Cada uno en su idioma, colores de piel distinta, indumentarias varias, eso si, todos cámara digital en ristre. Asomando sobre las tapias de la Vela, cabecillas inquietas.

          -¡Que bueno que está este helado!

          Por la Carrera del Darro, esquivando al autobús del Albayzín y a los que se quedan embobados mirando como el Cubo de la Alhambra quiere caerles encima.



Segunda estación.

         Aún me quedaba tiempo y seguí hasta el palacio de los Córdova, con un poco de suerte el Archivo Municipal estaría ya abierto. Desilusión, sólo abren en horario de mañana. Pues no sé cómo lo voy hacer porque yo, por la mañana, aunque parezca mentira, trabajo.






Tercera estación.

           Todavía no eran las 5, nada mejor que un buen café con hielo, por lo del calorcillo a esas horas, en el Paseo de los Tristes, frente al Carmen. Me pase de las 5.

-¡Buenas tardes!, ¿D. Enrique?.

-Si señora, pase. Dígame usted.

-Pues dos cosas. Traigo estos claveles para la Virgen-el párroco hizo un mohín, ya sabía yo que los de los claveles no se estilaba pero me hice de nuevas- y no sé si podrá ser, pero necesito la partida de bautismo y de matrimonio de mi abuela.

-¿A que está usted escribiendo?

-Pues si.

-Es que vienen muchos por aquí pidiendo lo mismo. Somos la parroquia más antigua de Granada.

-Mira eso no lo sabía, pensé que era S. Matías.

-Pues se equivoca.A ver, año de nacimiento y año de boda de su abuela.

-Anda pues esos datos no los tengo aquí, creí que con el nombre....

-Vamos a ver, mire,-y se dirigió al archivo lleno de interminables tomos de libros descoloridos por el paso del tiempo. Yo le seguía con mi ramo de claveles rosas-¿Cómo busco yo aquí a su abuela?. Necesito los años. Tenga mi tarjeta y me llama.

-¿Y la Virgen?.

-Ahí está.

-¿Puedo pasar a verla?.

-Claro, venga ya la están vistiendo sobre las andas.

-Es que yo me llamo como Ella.

-Hombre, Maravillas.

          Acalorada como estaba tuve que echar mano de la chaqueta. El olor a cera me llegó al alma, y el frío también.

         Allí estaba, ataviada sólo con el vestido y su mantilla blanca. Así me gusta verla parece humana, una mujer de carne y hueso. Cuando la cubren con el magnifico manto, la hacen inalcanzable. Tres hombres atornillaban los guardavelas y los várales del palio.

         D. Enrique andaba ya con el sacristán preparando el altar para la misa de ocho.

-Son para Ella-le dije a uno de los hombres que se afanaba en sacar brillo a la plata de uno de los candelabros. Él asintió y tomó mi ramo.

-Gracias, D. Enrique, ya le llamó.

-Adiós, Maravillas.



jueves, 4 de febrero de 2010

LA TABA ROJA (Prólogo)


          Dicen que no pasa el tiempo, que quienes pasamos somos nosotros. Creo que quien pasa en realidad es la vida y el ser humano se aferra a ella como si de una tabla salvadora se tratara, para ir sorteando cada unos de sus naufragios y salir a flote vencedor. Así me siento hoy, salvada, invicta, respirando tranquila tras la tormenta. Si alguien me hubiera contado lo que me iba a suceder durante estos nueve meses, ya pasados, lo hubiera tratado de cretino.


         Y aquí estoy, en paz conmigo misma, con una maleta, que me ha costado lo indecible cerrar, con el jarrón de flores azules herméticamente cerrado y protegido por un embalaje exclusivo, con todo preparado junto a la puerta, para mañana temprano, iniciar un viaje especial.

         La noche acaba de cubrir la ciudad y me asomo a la terraza buscando ese hálito suave del final del verano, es propicia esta noche para vivirla, no me apetece perderla entre mis sábanas. La luna ha comenzado a salir tras las colinas que asoman por los resquicios que dejan los rascacielos.

         Esta vez no voy a inventar la existencia de ese señor que lleva de la mano a su nieto, ni la de esas señoras que han fundido sus tarjetas de crédito en el centro comercial que hay cuatro manzanas más abajo, ni la de ese grupo de jóvenes que proyectan su gran noche de viernes, ni la de esa pareja que se van besando ajenos al mundo que les rodea. No, ni siquiera voy a inventar la mía propia, porque mi existencia ahora es real.

viernes, 18 de diciembre de 2009

EL CARTUCHO DE MANTECADOS


Abro la enésima tarjeta de felicitación navideña desde mi correo electrónico, porque aquéllas en papel, con sonrosados pastorcillos de Ferrándiz ya sólo las encuentro en esa caja metálica del Colacao donde he ido guardando, año tras año, trozos de recuerdos.


Las campanillas, campanean; los renos vuelan veloces sobre una nieve que nieva; Papa Noel, con risa gutural incluida, me ofrece una cajita envuelta en papel rojo brillante y adornado con un lazo blanco; de fondo musical el Merry Christmas, cuyo estribillo soy incapaz de tararear porque, el inglés, como que me traba la lengua.

Agradezco al remitente su cortesía a la par que mi mente recuerda lo sencillo que era cantar cómo beben los peces en el río, mientras la Virgen María lavaba pañales y tendía en el romero.

La calle, engalanada para la ocasión, se cubre de miles de lucecitas, que ya no son globos cristalinos de colores, cuyos filamentos incandescentes nos alumbraban hasta la noche de Reyes, ahora parpadean bombillas de led, por lo del ahorro energético. Desde los escaparates de las interminables tiendas, miles de reclamos te invitan a comprar Felicidad disfrazada de pantalla de plasma o de blackberry (trasto que todavía no sé para qué sirve). El gentío, aturullado y de bulla, de un lado para otro, va con los hombros caídos por el peso de paquetes y bolsas. El gran abeto preside, hierático, la plaza del Ayuntamiento.

Al pobre nigeriano de la esquina, que luchó contra vientos y mareas en el cayuco que le desembarcó aquí, se le acerca la autoridad y le induce a recoger sus paraguas plegables y bolsos de cuero, en cumplimiento de la recién estrenada Ley de Convivencia Ciudadana, por la que queda prohibida la venta en la vía pública sin papeles, amén de malabaristas, payasos, mimos y músicos callejeros, que corren la misma suerte.

Sólo falta el pavo, la langosta, la piña, el caviar…, y los regalos y el traje y los adornos y las velas y…!ya es Navidad!

Sin ser vista, me escabullo y me alejo de esta locura con mi cartucho de mantecados. Y por si acaso, y en previsión de males mayores, desenvuelvo las pequeñas figuras de barro, que de un año para otro duermen entre hojas de periódico, escondidas en su caja de cartón dentro del altillo de mi armario.

A la burra ya le falta una oreja y la lavandera, manca del brazo derecho, frota la ropa, de rodillas, sobre su tabla, en la orilla del río de papel de aluminio. Los Reyes Magos siguen intactos, encaminándose solemnes al puente de corcho. Herodes, en su castillo, medita como combatir a ese Rey que le disputará el trono. Los pastores dormitan bajo un cielo imaginario, mientras la Estrella, que siempre se cae porque la chincheta no termina de clavarse, les muestra el pesebre.


Cuando cojo al Niño entre mis dedos, Él, parece sentir el calor de mis manos. Después de mullir la paja, con sigilo, lo dejo sobre su cuna, no quisiera despertarlo.

En ese instante, el gallo, canta anunciando la madrugada.



miércoles, 2 de diciembre de 2009

DIMES Y DIRETES


           Ando más liá que la pata de un romano, que si fue que si vino, que si dejo de ir, y no es por enredar, pero para líos, los del Montepío. No lo veo yo, esto, muy claro, aunque todo es según el cristal con que se mire y sin embargo, a quién madruga Dios le ayuda, aunque a mí por mucho madrugar no me amanece más temprano.


           Ya lo sé, teta y sopas no caben en la boca, pero es que nadie escarmienta en cabeza ajena, y yo como ese que mucho abarca y poco aprieta, y ahí, me acuerdo otra vez de Dios, que Él sí que aprieta pero no ahoga.

           Mi madre siempre me dice: -¡Niña, que no se puede estar en misa y repicando! Y yo le respondo que el que algo quiere, algo le cuesta. Y ella me contesta que sólo soy aprendiz de todo y oficinal de nada.

           Sin embargo, el que la sigue, la consigue, de modo que por un oído me entra y por el otro me sale, y a la mar marea y a la Virgen cirios. A ver qué pasa, porque el que no llora no mama.

           Terca como una mula y por donde meto la cabeza quiero sacarla, pero sarna con gusto no pica, de manera que no importa si no puedo, yo quiero y querer es poder, así que yo: genio y figura hasta la sepultura.

miércoles, 21 de octubre de 2009

UNA PINCELADA OTOÑAL

A este Otoño no sé que le está pasando. Viene envolviéndome con sus tonos ocres y dorados, enredando sentimientos, como queriendo vulnerar mi calma, arremetiendo contra pasiones y dejando el alma desnuda ante la mirada maligna del desasosiego.

Suspira Octubre haciendo bailar sus hojas, satisfecho por el trono reconquistado al placentero Estío y se va cubriendo de esa alfombra seca que cruje bajo los pies, al pisar.

He de tomarme un respiro, a ver si me tranquilizo, porque sino esta araña, en cuya tela he caído y de la que me cuesta escapar, terminará devorándome.

No acabo de “entrar en agujas”, será que le queda poco carbón a mi locomotora o que sus engranajes van faltos de aceite, el caso es que cada trance surge más empinado, cuajado de trabas que me impiden avanzar y me paso las horas nadando contracorriente.

Desorientada giro a mi alrededor buscando ese punto de luz que me indicará el final del laberinto. Cuesta verlo, maldita miopía que me impide resolver este dilema.

Pero no hay mal que cien años dure, la vida aprieta pero no ahoga, y sin darme apenas cuenta abro mi mente y ahí está, el más común de los sentidos: el sentido común, ese que mide tres dedos de frente.



Míralo, ¡y tiene la osadía de sonreírme!. Y extiendo mi mano atrapándolo.
Me hace cosquillas en la piel, ¡estate quieto!, le digo, pero parece no escucharme y sigue jugueteando hasta llegar a mi corazón. Se acomoda en mi interior y mostrándome la puerta de escape, me lanza guiños de complicidad.

Este Otoño me está asestando una de cal y otra de arena, menos mal que a mi lado tengo quién me adiestra para sobrevivir. Un atardecer me reveló su secreto: “de las dos caras de la moneda siempre escoge la buena, a la pérfida le echas una cruz”.

martes, 6 de octubre de 2009

INSTANTES ÚNICOS

A las siete, como cada mañana, la radio-despertador irrumpe en mis sueños y me devuelve a la realidad. Como un autómata y desembarazándome de los brazos de Morfeo aprieto el interruptor y desconecto la machacona voz del periodista de turno. Tras unos minutos vuelve el soniquete que con avidez y con cierta imparcialidad, me informa de la crisis que nos ahoga, de una nueva víctima de la violencia de género o de si Kaká marcó gol, o si quién nos los está metiendo a pares es Joan Laporta.

Termino apagando el receptor y prometiéndome a mi misma que un día de estos volveré a poner sobre mi mesilla de noche el reloj del abuelo con su incesante tic-tac, (al que tendría que acostumbrarme para poder conciliar mi sueño), así al menos, sería realidad la utopía de que el mundo está en paz.


Giro mi cabeza y en mi almohada, como un bendito, mi pareja aún duerme. Suavemente dejo sobre sus labios mis buenos días a la par que él abre sus ojos regalándome su mirada color de almendra.


Un nuevo día a estrenar, otro por descubrir y vivir sus veinticuatro horas, podría ser el último o uno más o tal vez ese que siempre recuerdas de una manera especial. Entre tanto, él, ya me ha preparado un buen café.
Los críos siguen mis pasos escudriñando por las taquillas de la cocina en busca de un vaso para su leche.


Y comienza ese frenético gesto de mirar las manecillas que marcan el paso del tiempo persiguiendo no llegar tarde, el estar ahí en el momento justo.
Parece rutina, piensas que siempre es igual, pero si consigues presionar la tecla de parada y dejar fija la imagen observas que hay detalles que hacen cada escena diferente, distinta, única.
Entonces reparas en que el sol calienta un poco menos, que la brisa del mar hoy es de Levante, que el capullo se ha convertido en una rosa perfecta, que en tu pelo aparecen reflejos de plata, que él ha cogido tu mano y te estremeces, que la voz de tu hijo está desafinada o que tu princesa, calzada sobre tacones, te pide que seas su cómplice nocturna.
Ningún instante es semejante a otro, ni siquiera los latidos innatos del corazón, y menos los de este mío cincuentón que brinca y se acelera, inconsciente,

cada Otoño.


Don Juan, al que llaman Tenorio, ya está ciñéndose su espada y cubierto con capa y sombrero volverá a reinar en mi primer día de Noviembre.

sábado, 12 de septiembre de 2009

AQUEL 16 DE JULIO DE 1.997

Miguel Ángel Blanco había sido secuestrado y su vida pendía de un hilo.
Me pasé dos días frente al televisor, acariciando mi pronunciado vientre. En el séptimo mes, la ecografía, desvelo que sería varón. Apretaba su culito contra mi pared abdominal, tanto que conseguía darle palmaditas hasta que cambiaba su postura a una más cómoda para los dos.
No me sentía bien. Aquella tarde su padre y yo, nos dirigimos a urgencias. En pocos minutos me encontré conectada a la máquina que escupía sin cesar gráficos y escalas. El bebé estaba bien pero había que ingresarme, se acercaba el parto, un parto complicado por la cesárea anterior.
Mala suerte, la planta de Maternal estaba completa, no había camas libres, así que nos devolvieron a casa. Ya avisarían.
Otra vez me senté frente al televisor y abrazada de nuevo a mi vientre intentaba entender lo que estaba pasando en Ermua: Miguel Ángel apareció herido de muerte con dos tiros en la cabeza. Murió de madrugada.
Sonó el teléfono, una voz amable me indicó que disponía de alojamiento en tan peculiar hotel.
En la habitación, dos camas. Me designaron la que estaba junto a la ventana, desde ella la vista era un gran lienzo: La Sabika coronada por la Alhambra.
Sobre la colcha, se disponían con orden matemático: el enorme camisón, toalla y sobrecitos con gel y champú para el aseo personal.
Dos días trascurrieron entre visitas del médico, analíticas, pruebas…y nueva compañera de habitación, por cierto se quejaba de todo, le dolía todo, lloraba por todo. No llegó para darme ánimos precisamente. Achaqué tantos miedos y llantinas a su condición de primeriza.
Amaneció el tercer día, miércoles. Era especial, festividad de la Virgen del Carmen.
Aunque hubiera preferido seguir durmiendo un rato más no tuve elección, de modo que abrí el grifo y dejé caer sobre mí el agua que, en multitud de gotitas cristalinas, esparcía la alcachofa de la ducha. Inmóvil, sentía correr aquel líquido incoloro sobre mi piel y observaba como blincaba sobre mi vientre, como una cascada, hasta mis pies. Reaccioné cuando la novata me indicó que era su turno para usar el baño.
El desayuno estaba servido en bandeja: café con leche y bollo.
La siguiente actividad programada para el día era la visita a la consulta del médico.
Al entrar, éste me espetó un “como dan lugar ustedes a ponerse de esta forma”. Agradable el gordinflón. ¿Se había mirado él al espejo aquella mañana?.
Mi niño no estaba cómodo, me daba pequeños avisos, quería ver el sol, respirar el aire de aquella tarde de Julio, oír a los pajarillos reclamando cobijo en las ramas de los árboles…Casi me había quedado dormida escuchando el galopar del potrillo que parecía su corazón, cuando la puerta de la sala de motorización se abrió entrando un grupo de batas blancas.
En la zona lumbar, entre las vértebras, el anestesista introdujo un líquido, ignoro su color, que me hizo sentir una pequeña descarga eléctrica. Comencé a no sentir mi cintura, ni mis piernas y me trasformé en corcho. ¡Qué frío y duro el aluminio de la mesa de operaciones!. Sobre mi vientre dispusieron un telón verde.
El reloj analógico de la pared marcaba las 6 y diez de la tarde.
Noté el bisturí abriéndose camino. No lo percibí.
Aquellas batas blancas seguían pululando al mí alrededor como mariposas. Al dar las siete, una de las alevillas abrió su amplia sonrisa y se escucho un llanto.
Envuelto en una sábana, siempre verde, me entrego a mi niño.


(Escrito el 16 de julio de 2.009, doce años después)