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domingo, 30 de agosto de 2009

LAS FIESTAS


Miro las banderitas de papel, que cuelgan entre el tejado del Molino y la reja de mi ventana. Ya solitarias y azotadas de vez en cuando, por este aire de Levante de finales de Agosto.
¡Hasta el año que viene¡. Suspira el corazón y se consuela pensando: está a la vuelta de la esquina. Si, una vuelta de esquina de más de trescientos días, pero cuando alcanzas el medio centenar de vida los trancos de la escalera se bajan , ya has dejado de subir (que realmente es lo que cuesta), y de ahí pienso, la bulla del tiempo.
¡Cuánto se va quedando atrás…¡, y eso es bueno porque lo has vivido.
Éstas han sido distintas. El marco ha dado un giro de 360º.
Los primeros comentarios del cambio me llegaron en Junio, -¿sabes que las fiestas van a ser en el Mirador?- me dijeron. Puede ser buena idea, cavilé. Lo cierto es que la situación lo estaba pidiendo a voces.
El aparcamiento bajo el Mercado y la Consulta del médico hacía ya que agobiaba al personal y no era el lugar idóneo para celebrar las fiestas patronales que año tras año ganaban fama y adeptos: la orquesta cada vez ocupando más pista de baile con voltios, amperios y decibelios propagándose por retinas y tímpanos; sauna gratis cuando te marcabas unos pasodobles; si remoloneabas un poco en la cena las mesas ya estaban ocupadas; hileras de vehículos aparcados que habías de ir sorteando; invasión total del centro de la villa.
La controversia estaba servida.
Desde mi entender el cambio ha sido para bien, cierto que la víspera me encontré rara, desubicada, que diría un hispanoamericano. El decorado no casaba con mis anteriores “santocristos” pero la brisa de la Sierra me traía el mismo aroma de romeros y tomillos. La parentela, amigos y conocidos deambulaban en torno a mí. No, no me había equivocado de localidad, simplemente surgió la metamorfosis, nuestro Pueblo se hizo mayor y sus pantalones cortos como que le quedaban chicos y precisaba vestirse de largo. Y así fue.

viernes, 7 de agosto de 2009

LA CURIOSIDAD MATÓ AL GATO

El armario del dormitorio de sus padres siempre estaba cerrado. La llave era inalcanzable para él, permanecía escondida en lo alto del mueble,. Cuando la madre tenía que trajinar en él, cerraba previamente la puerta de la estancia y el crío, al que se le quedaba cara de bobo, permanecía inmóvil en el pasillo:-“Espera ahí, mamá tiene algo que hacer”. Y esperaba. Era misterioso aquél armazón de caoba de seis hojas, tan alto que tenía que doblar la cabeza hacía atrás para ver su fin.


Una vez más se encogió de hombros y buscó su “madelman” de policía y se puso a jugar. No era el original, pero no importaba. La pasada Navidad se ve que los Reyes Magos de Oriente no entendieron muy bien su carta y le dejaron sobre sus zapatos, impecables después de la limpieza con crema marrón que le prodigó su padre, aquel muñeco larguirucho al que los ojos se le habían medio borrado.
La fila frente a la entrada de la escuela parecía no ponerse de acuerdo por lo que la maestra exhortó a sus diminutos discípulos para que tuvieran a bien poner un poco de orden y alinearse de manera correcta. Ni caso, por lo que alzando su voz sobre la algarabía de los párvulos les dijo que si continuaban así pasarían la mañana en el patio, castigados, y no tendrían recreo. Surtió efecto la amenaza y al instante cada cuál tocó el hombro de su compañero, estirando todo lo posible el brazo, quedando una alineación impecable.





Margarita era su compañera de pupitre. Peripuesta como ella sola, con un lazo en su pelo a juego con el vestido. No jugaba, le estaba vetado corretear, podía caerse, mancharse y lo peor, parecería un marimacho, las señoritas han de saber comportarse, le aconsejaba siempre su dominante progenitora. Eso sí, cuando arreciaba el calor, gustaba de sentarse a la sombra del enorme Platanero de Indias junto al resto de la clase, los demás al verla venir decían con guasa: ¡dejarle sitio a Margarita en el banco, que en la tierra no la dejan¡. La preferida del pequeño era Luisa, ella si que sabía jugar. Experta con la peonza a la que hacia bailar ya fuera sobre la tierra o sobre la palma de su mano; y con las chapas, sólo Ricardito osaba enfrentarse a ella. Alguna vez, las menos, le ganó la partida.
Las vacaciones de Navidad estaban a la vuelta de la esquina y andaban atareados dibujando y dando color a las felicitaciones que días después entregarían a sus familias.
Él, sobre una cartulina, dispuso uno junto a otro a los tres Reyes. Barba y cabellos blancos, abundantes y largos: Melchor; barba y cabellos rojos y cortos: Gaspar; cabeza rapada, negro y con turbante: Baltasar. Sobre ellos la mágica estrella que los guió a Belén. Al filo, casi cayéndose de la cuartilla, plasmó un garabato en el que se podía adivinar su nombre: Tomás.
El sabelotodo de la clase miró su dibujo y lanzó una carcajada:
-Tomás sigue pintando a los Reyes Magos, ¡so tonto¡ si son mentira,-gritaba.
El lápiz cayó de entre sus dedos y miró perplejo al inútil que ante él seguía con sus risotadas.
-¿Pero es que todavía no lo sabes?
-¿El que tengo que saber listillo?- se envalentonó.
-Pues que los reyes son tus padres, capullo.
Enmudeció y bajo la mirada. Tras una pausa atinó a responder:
-El capullo lo serás tú por eso tus reyes son tus padres, a mi estos, –y señalaba sus regios personajes- son los que me traen los juguetes.
Doña Antonia, que así se llamaba la maestra, les reclamó: -Niños, por favor, silencio. ¡Basta ya¡-. Hubo de repetirlo unas cuantas veces hasta que consiguió que el
timbre de su voz sobrepasara el griterío de la chiquillería. Entonces se dirigió a ellos indicándoles que podían recoger. Les deseó unas felices navidades y dio por terminado el primer tramo del curso escolar.
El armario de sus padres continuaba burlándose de él. Qué curioso, en estos días el regodeo era mayúsculo.
En la casa todo era un ir y venir preparando la Nochebuena y su madre volvía de la calle cargada de paquetes y bolsas. Cuando la llamaba ella le contestaba que ahora no podía atenderlo, que estaba muy ocupada, que fuera en busca de la abuela que nada estaba haciendo.
Pero el chiquillo andaba inquieto, tenía que abrir aquél gigante y descubrir que secreto guardaba en sus entrañas. Desconocía cómo, cuándo y con qué. Su pequeña cabeza empezó a elaborar estrategias las que, por un motivo u otro, se desvanecían en mil y un inconvenientes. Estaba inmerso en sus cavilaciones cuando el aroma de una sopa de picadillo atravesó el umbral de la cocina y lo alertó del menú de la cena: era su preferido.


Los mayores hablaban y él, en silencio, pensaba. ¡Alto ahí¡… ¿ qué estaba diciendo su padre?, que iban a salir, que tenían una cita con sus amigos, que se quedaba sólo con la abuela. Casi se atraganta al sorber el caldo con los fideos. Aquella iba a ser la noche en la que vencería a su enemigo.
El beso maternal sobre su sonrosada mejilla era la señal.
-Buenas noches, mi chiquitillo, que descanses, hasta mañana y no le des quehacer a la abuela.
Y se marcharon.
Aferrado a su linterna saltó de la cama. Se acercó al cuarto de la abuela y comprobó que ya dormía. Sólo se percibía el tictac del despertador.





Ya estaba ante él. Colocó una silla y encima un taburete. Y escaló hasta la cima del mueble. De puntillas sobre la anea palpo el alto hasta que notó la frialdad de la llave. Descendió de su atalaya enfrentándose a la cerradura. Su corazón se aceleró. El resbalón cedió y se abrió la puerta.
Su madre, que regresó ya de madrugada, lo encontró sentado ante el armario abierto. Estaba ausente, ido, pétreo. Junto a él, un Madelman original.







miércoles, 5 de agosto de 2009

SU SECRETO



La niña solo daba problemas, claro que lo que él entendía por problemas sólo era una forma de ver la vida.
En su cuarto, frente al libro de matemáticas, los versos se unían en poesía. La física, laboratorio improvisado de fantásticos personajes de leyenda. El latín, se conjugaba en prosa.
Los pasos de papá en el pasillo advertían a la niña. Un montón de cuadernos y libros cubrían sus folios manuscritos.
-¿Estarás estudiando?-.
-Si-. Sonreía maliciosamente cuando él desaparecía tras cerrar la puerta. Una vez más su secreto estaba a salvo.
Los estíos, entre clases particulares y fines de semana a la orilla del mar. En Septiembre lograba un tímido aprobado que le otorgaba el beneficio de pasar de curso.
Reuniones clandestinas en las horas libres, asambleas en la facultad revindicando Libertad y Democracia.
En su cuarto, su secreto seguía a salvo.
Se agotaron las convocatorias.
-¿Qué va a ser de ti?,... y esas amistades tuyas, no me gustan-.
Silencio por respuesta.
Ella seguía cortando hojas del almanaque que colgaba de la pared. Cambiaban los años, el diseño de los números y el Santoral.
Sin ser consciente del paso del tiempo, una mañana al mirarse en el espejo, comprobó su metamorfosis. Contempló a un ser adulto, pero su alma seguía repleta de sueños.
Rebuscó inquita en los cajones de la mesa de estudio, allí seguían sus escritos.
Suspiró complacida.

lunes, 4 de mayo de 2009

LA SANTA CRUZ




Tratar de ubicar esta fiesta en el tiempo resulta imposible. Data de muy antiguo. Lo que si está acreditado es que se inició como un homenaje militar a la Cruz, quizás en agradecimiento por las Cruzadas victoriosas frente al enemigo infiel.
El redoble de los tambores avisa, a muy temprana hora, con las claras del día, a todos los vecinos del lugar de que empieza una jornada de asueto. Tras recorrer las calles inician un nuevo recorrido deteniéndose en los distintos hogares donde durante un año se han custodiado cada una de las insignias.







Primero el Sable, después el Pincho, luego la Bandera. Por último se recoge y se incorpora a la comitiva la Madrina . Juntos hacen entrada en la Iglesia y da comienzo la misa solemne, puntualmente a las doce del mediodía.


Una vez terminado el Oficio, la Santa Cruz engalanada con flores e infinidad de cintas bordadas por las mujeres del pueblo y como pago de los favores recibidos por la venerada Cruz, comienza la procesión.





Más tarde el Ayuntamiento invita a comer a todos los asistentes.



Al caer la tarde y cuando el sol va desapareciendo tras el Alcornocal nuevamente se recorren la calles de la localidad, esta vez para el rezo del Santo Rosario. Terminada la peregrinación y ya en la plaza los nuevos mayordomos recogen las insignias que guardarán hasta el próximo 3 de Mayo.





La celebración termina acompañando, todos los vecinos hasta su vivienda, a la nueva Madrina que guardará el pequeño cofre de madera repletos de las cintas bordadas. Como agradecimiento la familia invita al personal a una copita de anís y pestiños.
Pero lo relatado no siempre ha sido así. El paso de los años va cambiando la tradición y se amolda a los nuevos tiempos.
Volviendo al pasado: enfermedades, calamidades, malas cosechas..., regían el devenir cotidiano de los campesinos, los que aferrados a su fe rezaban ante su Cruz intentando que por su mediación sus males fueran menores, prometiendo que de ser así la servirían organizando la fiesta del 3 de Mayo y bordando la mujer de la casa una cinta en recuerdo del favor recibido.
Ocurría que la familia, cuya manda debía de ser cumplida, se empeñaba económicamente de tal forma que hubo quién sucumbió en la ruina, por lo que era peor “el remedio que la enfermedad”. Por ello y dado que la celebración era de tal magnitud dineraria allá por los años 40, el párroco de aquél entonces decidió que no se celebrase más la festividad de la Santa Cruz.
Quedó en el olvido pero no en el fervor del pueblo.
Después de 35 años, la localidad añoraba tan singular y tradicional rito. Cada primavera solicitaban al párroco de turno recuperarlo y por fin accedió, eso si con una condición: las mandas no volverían a incluir tan opulentos y cuantiosos festejos a cargo de una familia.
Así se hizo y hasta hoy, donde todos y cada uno de los vecinos participamos en la exaltación de la Cruz. Las vísperas unas mujeres preparan las viandas y otras disponen la Iglesia y las andas de la Cruz. Los hombres se encargan de los trabajos más pesados.
Y aquella antigua tradición sigue viva en nuestra comunidad convertida en manifestación religiosa y profana a la vez, siendo el día del año en el que la convivencia y hermandad se respira por cada callejuela bajo la protección de la Santa Cruz.

sábado, 2 de mayo de 2009

LA CASA

LA PANTA BAJA.
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ENTRADA Y COMEDOR
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La Casa, desde primeros de s.XX se había destinado a posada del pueblo. Por ello la planta baja estaba destinada a cuadra, cocina y zaguán.

En la cuadra, los pesebres se ubicaban en el lateral derecho, a lo largo del muro. Sobre cada uno, un atadero en madera. Un ventanuco dejaba pasar luz y aire. En su día hubo de tener mejor aspecto del que nosotros encontramos, convertida en almacen de mil chirimbolos.


Dejarla diáfana, picar, rebajar suelo para dar altura, levantar tabiques, abrir hueco para comunicarla con la cocina, quitar pesebres respetando los ataderos, ampliar el vetanuco...
Diseñé dos aparadores que son el detalle coqueto de la habitación.















El resultado no necesita de más explicación.


LA COCINA
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A la voz de "quiero todo el mundo fuera, a la calle" Pepe Cañas, se enfrentó ante un muro de 85 cm. de grosor, todo él de tierra y piedras. Había que abrir una puerta para comunicar la cuadra (hoy comedor) con la cocina. Se rebajo el suelo hasta conseguir la altura óptima de la habitación. Se cerró el acceso a los cuartos y la cochinera y se reconstruyó la chimenea. Mi amiga Carmen y yo con el metro de costura fuimos midiendo y diseñando el tipíco rincón donde preparo mis mejores pucheros de hinojos ó coles.

La restauración de las vigas del techo, una por una, de cada estancia de la casa, ha sido fruto de la paciencia y buen hacer de Nicolás. Por eso creo que merece un punto aparte.












































domingo, 26 de abril de 2009

UN ANTES Y UN DESPUES Cap.1


La ruina era total. ¿Donde nos habíamos metido?.
Aquel 15 de Septiembre de 2.001 decidimos comprar la Casa.

Un sueño, una ilusión...y mucho trabajo, como si de una cenicienta se tratara, un montón de escombros se convirtieron en un hogar acogedor y extraordinario.
En marzo de 2.003, Nicolás armado con su picola, comenzó a picar. Iniciaba la trasformación.
Un año de ir y venir, de Granada a Lújar, de Lújar a Motril. Con el frío de Enero y con la calina de Julio. Aprovechando los fines de semana, puentes, vacaciones. Bajarte del coche y cambiar zapatos por botas, camisa por camiseta...Ordenador y portafolios por cubo de mezcla y palustre.



El equipo humano, lo mejor a la par que especial.
Encargado de la obra: el abuelo.
Empresa: Pepe "Cañas" e hijos.
Los peones: Nicolás y su hermano Mariano.
La maquinaría: las mulillas Rojilla y Lucera.
Los expertos en transporte de material y desescombros: Juan y Pablo (nuestros sobrinos).
El resultado de tan ardua labor de equipo fue el que ahora os paso a relatar, pero como muestra basta este botón. El antes y el después.












jueves, 16 de abril de 2009

LLEGA LA PRIMAVERA

Cada primavera, fiel a su cita, el almendro florece. Sus ramas ennegrecidas, rugosas, se llenan de vida y su copa amanece inmaculada.
El aire llega envuelto en la dulce fragancia que hace recordar a la miel, transportandote a la niñez.

El abuelo traía escondida una fuente de barro. Yo le había visto entrar y corrí hacía él, -¿Qué es, abuelito?, ¿qué traes?-. El sonreía malicioso y contestaba, -Nada, nada.











Cuando por fin accedía a mostrarnos el contenido de la fuente, la boca se hacía agua: un panal. Corríamos a la sombra de la parra y sentadas, mojabamos nuestros dedillos en la dulce golosina derramada, para después ir lamiendo cada unos de ellos.

Con su navaja troceaba la cera y nos daba. Al mascarla podias libar toda la miel de cada una de las celdas.
"Dulces recuerdos de niñez.

Entre soles y almendros: néctar dorado para la vejez.

Chiquilla, ¿quieres miel?,

para verano una orza te llevaré,

y el azabache de tu mirada en mi corazón prenderé."



lunes, 13 de abril de 2009

SEMANA SANTA

El Silencio pasea Granada.
Su caminar lento atraviesa callejuelas.
Cuatro cirios iluminan su cuerpo inerte.
Las cadenas que arrastran su cortejo, rechinan sobre los adoquines, en medio de la oscuridad.
Y ando buscando escaleras para subir a su Cruz y la Saeta le envuelve entre incienso y cera. Es su compaña la luna llena de Abril.

"¡Oh, la saeta, el cantar al Cristo de los gitanos, siempre con sangre en las manos, siempre por desenclavar! ¡Cantar del pueblo andaluz, que todas las primaveras anda pidiendo escaleras para subir a la cruz! ¡Cantar de la tierra mía, que echa flores al Jesús de la agonía, y es la fe de mis mayores! ¡Oh, no eres tú mi cantar! ¡No puedo cantar, ni quiero a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en el mar!" (Antonio Machado).

miércoles, 25 de marzo de 2009

MICRORELATO

No sabía que aquel culo era un corazón dibujado en su honor.
Se alejó del tronco del magnolio, entornó los ojos. Si, a esa distancia si, pero ningún nombre aparecía grabado, ni siquiera unas iniciales que dieran una pista.
Paseó alrededor del árbol, hallaría algún indicio del autor. Alzó su cabeza observando el espeso follaje. Apartó con sus pies la hojarasca. Nada.
-¡Ya está!-.
Esbozó una dulce sonrisa. Buscó en el bolsillo del pantalón la navaja que la prima Mariana le regaló por su cumpleaños. Arañando la corteza, trazó una flecha y escribió: Antonio y Javier.
Mariana, escondida tras al arrayán, suspiró, encogió sus hombros y salió del jardín.

viernes, 20 de marzo de 2009

ANTONIO GÓMEZ DE ARANDA REYES


Antonio Gómez de Aranda Reyes

Granada 29/06/1.924
Granada 18/09/2000

Segundo hijo de Antonio Gómez de Aranda Sotomayor (Villanueva de las Algaidas-Málaga) y Carmen Reyes Garrido (Granada).
Nieto de Manuel Gómez de Aranda y Carmen Sotomayor línea paterna y de D. Manuel Reyes Clavero y Gumersinda Garrido línea materna.








El Pilar del paseo. Sangraba y no podía contener la hemorragia. Una herida abierta donde comienza la nariz hasta debajo del inicio de su ceja izquierda. Una de sus citracices.
El Bosque de la Alhambra. Es tarde, el niño no viene, todos le buscan, al final aparece, en sus manos, un gran tesoro: un nido de gorriones. Y el tirachinas en su pantalón.
El Rio Darro. Toda la ropa mojada y en los bolsillos los trofeos conquistados.
Dª Carmen tomó una determinación, Antoñito debía asistir al colegio, así no podían continuar. La Tata le consentía en exceso, su Maestro particular era incapaz de controlar su asistencia. La Academia Isidoriana, fue el centro escogido.
No contaron con la aprobación del niño. Su Libertad se esfumó y empezó a formar parte del mundo, un mundo que se la hacia infinito. Hasta ese día, Antoñito, sólo salía del Carmen con su madre a Misa. La familia les visitaba, los amigos también, los empleados de la casa se ocupaban de todo... El Carmen era su vida, no necesitaba nada más.
Su padre, Dº Antonio, ocupaba su tiempo en su afición favorita, la Caza, y en sus quehaceres agrícolas. Nada más. Contradictoriamente, fue un abuelo maravilloso. Su hermano Arturo, mayor que él siete años, tampoco le acompañaba en sus “travesuras”, pero fue su modelo, su ídolo. Sufrió Arturo. Durante la Guerra Civil se alistó con el rango de Alférez Provisional. Tuvo que dirigir un pelotón de fusilamiento en contra de su voluntad. No lo superó en toda su vida. Estuvo de seminarista, y no encontró la paz que buscaba. Decidió “gastar su vida” atendiendo al marginado. Se instaló en Madrid, donde se casó ya mayor. Tanto se preocupó del prójimo que se olvidó de él. Murió con 58 años y sin hijos. Su hermana Carmen, la pequeña de los tres hermanos, murió al año de nacer, lo que marcó a su madre el resto de su vida. Más tarde, Dª Carmen, buscaría a su niña en su nieta mayor, Maravillas.
Y creció, pero seguía siendo Antoñito para todos. Y eran muchos.
Formaban una gran pandilla de amigos y de primas. Su favorita, Merceditas. Bailes en el paseo del Carmen, junto al Rio Darro, cobraban la entrada y costeaban los gastos.
Comenzó a colaboran con su padre, en la Gestoria. Ahí comenzó su vida profesional, lo que le llevaría a convertirse en uno de los mejores Agentes de Seguros de Granada.
Y conoció a Loli, una de la dos hijas del teniente retirado de la Guardia Civil, Francisco Moreno, que en ese momento era funcionario del Ayuntamiento de Granada y amigo de su padre, por la relación laboral de ambos.
1.946, Gran Vía de Granada, Café-Musical Wollywood, artista invitado Antonio Machín. Allí la vio, entre un grupo de amigas. Y encontró su salvación.
En esa época, Antoñito, era un joven vital, alegre, con don de gentes, alocado en exceso (tal vez intentando huir de su realidad), preocupado de vivir sólo el instante, amante de las motos, inseparable de sus amigos...
Loli puso orden en su vida. Y todo comenzó a tener sentido.
Ella, maestra nacional en ejercicio en la localidad de Los Díaz, provincia de Granada.
Su noviazgo duró diez largos e intensos años. En el verano de 1.956 por fin, se casaron. Loli dejó el magisterio y se dedicó a su nuevo papel de esposa. En 1.957 nació su primera hija, Maravillas,(le prometió a la Virgen que si su primer hijo era niña le pondría su nombre, en recuerdo de la hermana que perdió). Catorce meses después nació la segunda, Inmaculada.
Alto, delgado, elegante, excelente tertuliano, gran conservador de sus orígenes, experto en relaciones públicas, amante de su hogar, apasionado por la naturaleza (dedicaba su tiempo libre a dar grandes paseos por el campo y por Sierra Nevada, así como a cazar la perdiz roja y el conejo), ameno escritor, perfeccionista, persuasivo, nervioso,... y como buen granaíno, gracioso y malafollá. Esto último no es una mala palabra, es una forma de ver la vida, una forma de ser, es algo único del granadino. No tiene traducción.
Y llegó la jubilación,1 de Septiembre de 1.990. Nunca superó esta nueva etapa de su vida, con ironía la llamaba “aparcamiento del ser humano”.
De nuevo, la cifra 10. Diez años vivió con su condición de jubilado, se fue el 18 de septiembre de 2.000.

viernes, 20 de febrero de 2009

"EL PUEBLO" 7º Capítulo



El Gallo, señorito del corral, con arrogante soberbia, lanza su canto hacia el amanecer y los primeros rayos de Sol, van asomándose, tímidos, tras el Morrote, y el silencio va tornándose en un nuevo día.
Crepita la leña y la olla de café, empieza a hervir. El pan, el queso, higos secos. Un tazón de leche con sopas. El mulo patea el empedrado y la herradura de su pezuña, tintinea avisando que su amo se acerca.
Un trasiego de caballerías.
El cántaro, enristre a la cintura y en la mano el caldero. A por agua a la Fuente, las faenas de la casa esperan.
Hasta el año 1.975, no hubo agua corriente en las viviendas.
El abuelo nos había regalado un cantarillo de barro, a cada una.
Me gustaba acomodarlo en mi cadera y rodearlo con mi brazo derecho. Caminando con altanería, llegaba al Pilar, y con mucho cuidado no se colara una sangüijuela, esperaba que el agua rebosara por la boca del cántaro. Inma me imitaba, y luego me seguía, mirando hacia los lados, escondiéndose. Daniel, había jurado quebrarle el cántaro. Y nos esperaba escondido en el Callejón de los Porras, y nos hacia correr para escapar de sus malas intenciones. Un fatal día, lo consiguió. Inma lloraba inconsolable, su cántaro, su precioso cantarillo.

En una mano el coscurro de hogaza y en la otra la onza de chocolate, pasábamos calle adelante hacia Plaza, donde el resto de la chiquillería nos esperaba, claro que también nos esperaba apostillada en las Escalerillas, Encarna la de Angélico, y en un abrir y cerrar de ojos Inma se quedaba mirando su mano vacía, su onza de chocolate había desaparecido. Encarna, la miraba desafiante mientras saboreaba el dulce cacao.

“A tapar la calle que no pase nadie....”. La Plaza se llenaba de canciones de comba: “Doce son los Hijos de Jacob....”, “Pluma, tintero y papel....”. De canciones de corro: “Donde están las llaves?, matarile, matarile...”. Y así una tarde y otra.

A la “piola” no me gustaba jugar, ni al “pirri”. Mi constitución física no me permitía saltar sobre la espalda de otra niña, ni ir empujando a la pata coja, un trozo plano de piedra sorteando las distintas fases de los cuadrados. Cuando nos reuníamos con los niños, tomábamos el pueblo. Los juegos más populares: “El Alto” y “Piedra Libre” dos variantes del famoso Escondite. En el primero se jugaba por grupos y eran eliminados aquellos que eran descubiertos. El segundo era individual, uno se la “quedaba” mientras el resto se escondía, si eras descubierto te eliminaban, pero si conseguías llegar a la esquina que era la meta sin ser visto, gritabas a los Cuatro Vientos: “piedra libre por mí”. Estabas salvado.

sábado, 14 de febrero de 2009

"EL PUEBLO" 6º Capitulo



Andábamos nerviosas, inquietas. Este 14 de Septiembre de 1.970, estábamos en el Pueblo.

Santo Cristo, nuestro Patrón, el Patrón de Lújar. ¡Las Fiestas!.






Mirábamos la Loma Tarajá sin parpadear, esperando vislumbrar una pequeña polvareda, prueba inequívoca de que el camión con los músicos llegaba al Pueblo. Corríamos ilusionadas, Cuesta del Calvario arriba, a esperar a la Banda. La chiquillería tras la música por las calles empedradas y los seseantes zumbidos de los cohetes, anunciaban el comienzo de las fiestas patronales.


Tras la Misa solemne, concierto en la Plaza a cargo de la Banda de Música.


















Por la tarde, por las calles del Pueblo, con la fresca, la Procesión del Cristo, en sus pequeñas andas, rebosando de flores, esparragueras y nardos. Los más pequeños abrían el solemne cortejo con la Cruz de guía y los cirios, las mujeres, ordenadas en dos filas, con velas, con recogimiento unas, otras con pequeños secretos al oído. Luego el Cura y el Paso, llevado a hombros por cuatro hombres, detrás el resto de varones, en grupo, sin orden, venerando a su Santo Patrón.
No es fácil describir el sentimiento, hay que vivirlo. La interminable traca de pólvora, ensordece tus oídos, la música, el olor a cera, la multitud fervorosa en la Plaza y la visión de Cristo asomándose al cancel de la Iglesia, hace que un escalofrió recorra todo tu cuerpo, una lágrima se desliza suavemente por tu mejilla, un suspiro profundo devuelve la respiración contenida. Desde tu interior y en silencio, le gritas: “Gracias”.
Y la Corrida de Cintas.
Durante las tardes de estío, las “mozuelas” del Pueblo, bordaban con primor, cintas de colores, que luego se colgaban en alto, a lo ancho de la calle, entre la Plaza y la Escuela.
Los “mozuelos”, cual hidalgos jinetes sobre mulos aparejados con arreos de gala, habían de pasar bajo la guirnalda variopinta, y empuñando un afilado trozo de vara, ensartar la anilla sujeta a la cinta. Como pájaros libres de su jaula, las cintas revoloteaban, desplegando sus primorosas labores y desvelando el nombre (secreto hasta ese momento), de su creadora.
Se las conocía como “Las Manolas”. El último día de las fiestas se las agasajaba con un baile.




Bajo un inmenso cielo parpadeante, con infinidad de estrellas, la música inundaba el aire, y la alegría reinaba soberana.
El Conjunto, grupo musical que amenizaba el baile, complacía, una a una, las peticiones de su “público”: pasodobles, rumbas, tangos... y la canción del verano, para los más jóvenes.




La pista de baile, al aire libre, instalada entre la Escuela y el Salón Parroquial, quedaba a un nivel más bajo de la calle principal, por lo que le permitía a las mujeres de más edad, “vigilar” unas y “cotillear” otras. Bajo ningún concepto, entrarían a formar parte de la verbena.
La baranda de troncos y ramas de pino, bordeaba toda la pista, impregnando el aire con su olor inconfundible a verde y resina.



Con el Gordo, a las doce en punto de la noche, las fiestas daban fin. Empezaba en ese momento la cuenta atrás para otro Santo Cristo. Y final del verano, vuelta al Colegio.
Era el momento de las despedidas. Los que habían emigrado a Barcelona, Mallorca, Almería, no volverían hasta pasado un año. Cruda realidad del andaluz de aquella época, obligado a dejar su tierra, su familia, su hogar, a cambio de un sustento para los suyos.

viernes, 13 de febrero de 2009

"EL PUEBLO" 5º Capítulo





El abuelo Francisco en el Rincón




Agosto era breve, 31 días, se esfumaban, uno tras otro, entre la brisa de las tardes estivales, pero lo vivido era tan intenso que cada instante, cada situación, cada experiencia, iban dejando huella, aprisionando mis sentimientos, atrapándome, hundiendo cada vez más profundas mis raíces, en aquella tierra dura, firme, afable, sobria, donde el tiempo se había detenido, donde la paz que se respiraba te hacía sentir inmensamente dichosa.




El Simca


Todo empaquetado. El Simca listo para iniciar el viaje, ¿y las niñas?, las niñas, ¿dónde están las niñas?. Mi padre, nervioso no dejaba de recriminar a mi madre lo consentidas que nos tenia, siempre en la calle, siempre jugando, y a la hora de irnos, nadie nos había visto. Apurábamos hasta el último instante, tardaríamos en volver, la Navidad, ¡quedaba tan lejana!. Por fin, aparecíamos ó nos encontraba mi madre, en la Plaza, en el ojo de la alberca ó en casa de Lourdes.
¡Ah, un momento, este año Santo Cristo cae en sábado!.



Rondaba el año 1.969. En la casa de al lado, se instalaban unos nuevos vecinos, Rosa y José. Hasta esa fecha habían vivido durante dieciocho años en tres cortijos de la zona, La Monja (dos años), Volabero (12 años) y Mora (dos años). Fruto de su matrimonio: Lola, Rosa, Elisa, José Antonio, Encarna y Ángel. Volabero, una finca cercana al pueblo, se levantaba mirando al mar, de espalda a la Sierra, donde termina el Alcornocal. Un gran pozo, abastecía de agua a la familia y regaba los huertos, donde José cultivaba cereales, frijoles, tomates, patatas, coles, habas, así como almendros, olivos y algarrobos.



Multitud de cortijos rodeaban al pueblo, Mora, Trujillo, El Escribano, La Casilla, El Aljibe...., todos habitados, llenos de vida. Y el de Las Piedras, también conocido como el de La Viuda, este era el más importante. Era la casa solariega de D. Carlos, dueño de un interminable paraje, incluido el Alcornocal. Hoy día, el magnífico conjunto rural, se encuentra en completo abandono, en ruinas. Su espeso y extenso paseo de pinos piñoneros, intransitable. La Mina (nacimiento natural de agua), seco. La Ermita, derruida. El Molino, sin el preciado óleo. El horno, sin su hogaza de pan crujiente. La Casa, sin ajetreo de vida.



Rosa, la segunda hija, de mis vecinos Rosa y José, volvió al pueblo, junto a su familia. Tenía doce años.
Desde pequeña, vivió con sus tíos, Mariano y Elisa, en Gualchos, localidad cercana al Pueblo.
El matrimonio no tuvo hijos, pero criaron a su sobrina como a una hija propia.
Y nos conocimos.
Encontré en Rosa a la mejor compañera, a la mejor amiga. Nuestra corta edad nos hacia cómplices. Compartíamos sueños, descubrimientos, alegrías, fracasos, éxitos.
Juntas dimos fin a nuestra infancia, nos aventuramos en la adolescencia, llegamos a la juventud y, disfrutamos ahora de una inmejorable madurez.

"EL PUEBLO" 4º Capítulo



Juan Medina, mamá, el abuelo y Elisa (al fondo) 1.971

Todos los viernes como un ritual, mi madre preparaba el viaje y lo tenía todo listo para que a la vuelta del colegio de sus niñas y al regreso de su marido del trabajo, todos pudiéramos partir hacía el pueblo.
Al lado de nuestra casa, a la izquierda según se mira, vivía un matrimonio (aquí poder sus nombres), yo recuerdo sólo a la mujer, cuando salía al terrao a poner sus tomates, o los boquerones o el pulpo, a secar. Y es que al pueblo nunca le ha faltado de nada. Si, teníamos pescado fresco casi a diario, Ramón, gitano él, con su borriquillo, nos traía hasta la misma puerta de nuestra casa, la mejor morralla, el mejor pulpo, las mejores bogas, doblas y besugos, de toda la costa.





En la puerta de la casa, Ramón el pescadero. Junto a él, Ana y la niña de espaldas es Lourdes. En la subida, Angelitas, mamá y la Inma.


A la derecha estaba la casa de Angelitas. Ella era hermana del Boticario, estaba soltera, y se ganaba algunas pesetas vendiendo hilos y agua de colonia. Estaba enferma de los bronquios pero eso no la limitaba, siempre estaba contenta. Nunca pasé de la entrada de su casa, cuando mi madre nos mandaba a comprar algún que otro hilo ó cuando acompañábamos a Lourdes, a comprar igualmente.
Ironías de la vida, hoy día es mi casa.
Laura, la madre de Lourdes, la llamó con voz potente, desde la calle de arriba, donde vivían. Los “MariaLourdes” se repetían y volaban de calle en calle. Nosotras sonreíamos maliciosamente.
Lourdes ha estado con nosotros desde siempre. La relación con la familia de Elías “el correo” era muy estrecha, de hecho una hermana de Laura, Pepa, estaba casada con un hermano de mi abuelo, Gabriel, por tanto teníamos tíos y primos en común, vivíamos muy cerca, de la misma edad que Inma, así que formábamos un buen trío.
Han pasado muchos años, casi una vida, y Lourdes a formado parte de la mía desde un principio, ella me dio la idea de escribir sobre
todo esto que ahora cuento, pero son tantas las vivencias que creo algo se perderá entre los recuerdos, nunca en el olvido.

jueves, 12 de febrero de 2009

"EL PUEBLO" 3º Capitulo

El abuelo pasaba largas temporadas en el pueblo, ocupándose de las labores del campo y disfrutando de los quehaceres agrícolas. Sobre 1.964 realizó la primera remodelación de la casa convirtiendo la cuadra y el corral, en cocina y patio, donde ubicó un pequeño inodoro y una ducha pero sin plato, con un sumidero. Habilito la habitación de aperos, en nuestro dormitorio y la cámara del catre en sala de estar. La antigua cocina paso a ser solo la habitación de la chimenea.
En obras posteriores con motivo de que su otra hija, mi tía Antonia comenzara a visitar el pueblo (maestra nacional, por fin le dieron plaza en una escuela de la provincia de Granada), nuestro dormitorio pasó a ser el de mis tíos y nosotras nos “mudamos” al zaguán donde nos instaló un precioso cuarto. La cocina también se transformó y se elevó a la altura del resto de la casa, quedándose el patio más bajo. Y por fin un aseo completo, minúsculo pero con todo
sus sanitarios. Corría ya 1.972. Así quedó la casa, hasta el 2.005 en que mi madre realizó una pequeña obra en la sala y abrió un gran balcón a la azotea.
Sobre 1.970 construyó el garaje en una parte de la finca del Rincón.

El abuelo con Salvador el albañil, en el Rincón, en la obra del garaje

Los años se sucedían uno tras otro, la vida avanzaba y el país también. A finales de los 60 y principios de los 70 los españoles de la Capital, podían disponer de vehículo propio, teléfono, lavadora, refrigerador y televisión. La vida laboral se hacía cada vez más estable y los sueldos permitían ejercitar el consumo, aunque para ello hubiera que firmar un elevado número de “letras” bancarias que harían frente a los pagos.
Mi padre se compro su primer turismo, un Simca 1000.


Los viajes al pueblo se hicieron más continuos, ¡..y más rápidos, yo sólo tardábamos tres horas en llegar!. Mi estómago, a pesar de la modernidad, seguía jugándome malas pasadas.
Había rumores de que se iba a asfaltar la carretera, pero eran sólo rumores. Lo cierto es que seguíamos circulando por tierra y piedras, de modo que cuando llegamos al pueblo, el magnífico vehículo blanco estaba cubierto de polvo y barro, y con la cubierta del delco llena de picotazos y bollos.


Pero para mi padre eso no era impedimento, había que irse al pueblo, acababan de abrir la veda, primero voleteo y luego los puestos, el reclamo de la perdiz. Los fines de semana eran un trasiego de perros, perdices, escopetas y cazadores.
Mi madre soportaba estoicamente las interminables tertulias frente al fuego, en las que mi padre debatía acaloradamente sobre el apasionante mundo de la caza, unas veces con Juan Medina, otras con Paco “el correo”, otras con Paco Pérez y otras todos juntos.
Ocurrió en más de una ocasión que la noche había pasado, entre vasos de vino, tabaco liao, y anécdotas mil, y desde allí mismo, desde la cocina, salían escopeta al hombro, canana a la cintura, y reclamo en la espalda, a vivir otro más inenarrable puesto de alba. Entonces mi madre se iba a dormir.
“Juan Medina”, en realidad se llama Eulogio, fue el compañero de caza de mi padre, él le enseño todo sobre este arte, le hizo conocedor de la Sierra, de las veredas, de los cucones de agua,....... del cómo, porqué y cuando de cada especie cinegética. Y lo convirtió en un apasionado de la perdiz roja.
Mi padre ya no esperaba que llegara su mes de vacaciones, podía permitirse ir todos los fines de semana al pueblo, y en Navidad, y en Semana Santa,... y nosotras todo el verano, eso si, con el abuelo.


"EL PUEBLO" 2º Capitulo


Con papá en la puerta de la casa

La casa era propiedad del abuelo. Sobre los años 40 se la compró a Valentín. Una vivienda de dos plantas, con gallinero y cuadra. El la restauró, distribuyéndola de la siguiente forma: cinco escalones daban entrada principal a la casa, accediendo directamente al comedor, a la derecha un cuarto, su dormitorio, que daba a la calle. A la izquierda, la cocina con chimenea. Mas a la izquierda, una habitación ciega, el zaguán, donde los bidones de aceite y algunos utensilios de labranza tenían acomodo y desde ahí, a través de una puertecilla (los mayores tenían que encorvarse para traspasarla), y tres altos escalones, descendías a la cuadra. Los pesebres se situaban al frente bajo la zona cubierta y al fondo a la derecha, unas vigas que colgaban del techo, donde por la noche las gallinas se acurrucaban. Tras blincar sobre un nuevo tranco salías a cielo descubierto a la parte exterior de la cuadra y al fondo una puerta, ésta, para el uso de esa zona de la vivienda.
Desde la cocina unas escaleras daban acceso a la parte superior, A la derecha del relleno, un cuarto interior destinado a más utensilios agrícolas. En frente, un dormitorio mirando al mar y a Castell de ferro, que luego sería el de mis padres. Y a la izquierda, la cámara, una habitación alargada. La presidía un enorme catre con un colchón de farfolla (hojas secas de maíz). Fue nuestra cama durante un tiempo, era tan alto y nosotras tan pequeñas que tenían que subirnos en él cuando nos íbamos a dormir. Una vez te acostabas procurabas moverte lo menos posible, si lo hacías la farfolla sonaba, como cuando caminas por un bosque en otoño sembrado de hojas secas. Pero en verano, ese colchón te proporcionaba el sueño más fresco.
Recuerdo mis primeros terrores nocturnos en aquella habitación. Del techo siempre colgaban sacos, manojos de manzanilla y de esparto, sobre las vigas y en la oscuridad, las sombras que dibujaban las luces de la calle se me representaban horribles monstruos que pretendían devorarme. Ni siquiera me consolaba la presencia de mi hermana junto a mi en el catre, ni mi Tata que dormía con nosotras. Y la farfolla sonaba.






Tras una puerta se salía a la azotea. Un mirador abierto al pueblo, a la sierra, al mar, a los barrancos.





La casa estaba situada en la parte baja del pueblo, en la única calle por donde, dada su amplitud, podían circular los escasos vehículos de la época, como el camión de Jaime.
Jaime era propietario de un camión rígido, con cabina y cajón de carga. Su familia, la de María Melero, regentaba la única tienda de ultramarinos del pueblo además de tener horno propio donde se amasaba diariamente pan casero.
Cuando el abuelo precisaba bajar a Motril, con su cosecha de almendras ó de algarrobas, contrataba a Jaime para el porte. Nosotras le acompañábamos. Era fascinante viajar en la cabina del camión. Alguna vez, Jaime nos dejó viajar un ratito en el cajón de carga. La emoción era ya infinita.
Al llegar a Motril, el camión se detenía en “Ca Félix”, un almacén en la calle Nueva. El abuelo nos acomodaba sobre unos sacos, a la vez que nos prometía un helado de la “Monerris”, si éramos buenas.
Mi Tata también nos acompaña en estos deliciosos veranos.

Trinidad Carmona, la Tata. El abuelo la empleo en nuestra casa de Granada, se ocupaba de los quehaceres del hogar y de nosotras. Fue como nuestra abuela, y junto con el abuelo, pasamos momentos inolvidables.
El mejor momento del día, el del baño. En aquella época tener un cuarto baño era un lujo que muy pocos disfrutaban y al que nosotros no teníamos opción. Por ello, la Tata calentaba una enorme olla de agua en el fuego, y en un gran lebrillo de cerámica granadina, echaba el agua, y allí se iniciaba el juego. El agua corría libre por las losetas del suelo de la cámara.
Cuando el sol ya había caído, una suave brisa envuelta en aromas de Celindo, Sampedro, y Galán de Noche, inundaba la tarde. La Tata iba acomodando en unas sillas, los “trasticos” (diminutas copias de ollas, cacerolas, sartenes y cucharones de aluminio). Inma y yo comenzábamos el juego, verdaderas mamás, perfectas amas de casa, ocupándonos de que la comida estuviera apunto. Las niñas: Camila, Elena, Conchita, nos visitaban y compartían con nosotras, aquellas horas infantiles. Por entonces, tener juguetes era algo extraordinario, de modo que aquella cacharrería suponía poseer un gran tesoro.