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lunes, 2 de agosto de 2010

LA MAGIA DEL PINTOR

La loseta del final del pasillo, me delató al pisarla y eso que iba con sumo cuidado, sigilosa, para que ella no descubriera que la espiaba, como cada tarde, a través de la rendija que dejaba la puerta a medio cerrar. Pero, calculé mal mis pasos.


La abuela se revolvió, asustada, en su taburete de madera torneada, dejando caer la paleta sobre la solería, donde el rojo y el blanco se alternaban a escuadra. En su mano derecha, el pincel, trazó una línea inoportuna que desfiguró lo que empezaba a ser una delicada magnolia.

-¡Niña!-gritó-que repullo me has dado y mira mi cuadro, ¡Jesús!

Yo, más amilanada que ella, al sentirme culpable del extravío de la flor, comencé a llorar.

-Venga, no llores, esto tiene apaño, ven, ya verás- vino a mí y besando con reiterada insistencia mi mejilla, sacó su pañuelo de hilo y sonó mi nariz, que ya moqueaba con tanta lágrima.

Arrimó una silla a su taburete y allí me sentó, junto a ella.

Ahora sí, a su lado, vi como la magia de su pincel iba reconstruyendo el pétalo emborronado, como los colores, por arte de birlibirloque, manchaban el lienzo en violetas, blancos, azules y pálidos amarillos.

-¡Abracadabra!, ya está-me miró orgullosa, retirándose hasta casi el fondo del cuarto para disfrutar de su obra.

¡La abuela hacía magia con su pincel y su paleta!, eso era que lo hacía cada tarde, encerrada en aquella habitación, donde me tenía terminantemente prohibido entrar, donde el resquicio de la puerta sólo me dejaba ver su silueta de espaldas, desde donde un penetrante olor a disolvente y aceite me envolvía mientras la acechaba.

-Abuela, yo quiero hacer magia como tú.

Sonrió y me volvió a llenar de besos sin contestar. Me cogió de la mano, entró en su dormitorio, buscó su monedero y atravesando el jardín de setos de boje de la casa, salimos a la calle. Yo la miraba de hito en hito, perpleja, no mediaba palabra, sólo sonreía complacida. Nos detuvimos al final de la calle y entramos en un enorme almacén que olía igual que la habitación donde la abuela hacía magia. Habló con el tendero. Por favor, también magenta, le indicaba ella, y uno del 0 y linaza y ese caballete, si ese, el más pequeño.

Cada tarde, cuando el sol caía perpendicular sobre el río que bordeaba la casa, la abuela y yo hacíamos magia.

Hoy, años después, alguien me comentó extrañado:

-¿Los pintores sois magos?

-Sí, porque sobre un lienzo en blanco dejamos la impronta de nuestra alma envuelta en luz y color.





martes, 4 de mayo de 2010

LAS CRUCES DE MAYO

Desde que me conozco, el Día de la Cruz ha sido uno de los grandes. Un revoleo, de claveles rojos, agitaba el aire, que a veces era de primavera, otras de un rezagado invierno. Guiñaban de patio en patio, de plazuela en plazuela, a un gentío que acudía a su reclamo.

La víspera, mi madre, planchaba cada volante de mi vestido de gitana. Sacaba del armario la caja de cartón donde guardaba los abalorios: zarcillos, collares de cuentas, pulseras, peinetas y flores de tela. Los zapatillos de tacón, salpicados de lunares, me esperaban al píe de mi cama.

El 3 de Mayo, amanecía.

De la Vega subían con las habas recién cortadas, los hortelanos, y de los hornos salían calientes y crujiendo, las salaillas.

Recorrer cada una de las cruces, era una obligación divertida. Caminaba junto a mi padre, mirando como los volantes de mi vestido bailaban al compás de mis pasos y los flecos del escote, iban y venían de un lado a otro, como las olas. Entonces llegábamos al Albayzín, a la Plaza de Aliatar, y buscábamos donde sentarnos en la terraza instalada junto a la Cruz, donde en la barra, servían cerveza fresquita o vino, de tapa: habas y salaillas, tortilla de patatas, pimientos fritos, migas… En el tablao, amenizado por guitarras, los más atrevidos bailaban al compás de granaínas, fandangos y sevillanas. Niña asómate a la reja, que te tengo que decir, que te tengo que decir un recaico a la oreja…Quiero vivir en Granada solamente por oír, la campana de la Vela, cuando me voy a dormir…

¿Sabes?-me relataba mi padre-hace muchos años, muchos, muchísimos, tantos que ni me acuerdo, que un rey editó un bando en el que escribió que cada 3 de Mayo se celebraría una fiesta en honor de la Santa Cruz. Entonces, los vecinos se reunieron y sacaron a sus patios lo mejor que tenían en sus casas: mantones, cuadros, cacharrería de cobre, colchas, jarrones de cerámica, espejos…y levantaron una cruz de flores…y acomodaron las macetas de geranios…y cubrieron el empedrado con juncia, romero, mastranzo…y espigas de cebada y trigo...y todos juntos celebraron la fiesta. Con el paso del tiempo se convirtió en una tradición popular y cada uno de los elementos es característico y tiene su significado.

Mira-proseguía él con su elocuencia-las casas de vecinos, antes, todas tenían patios, lo heredamos de los árabes, pero esto te lo contaré otro día. Alrededor de ellos, que solía tener tres plantas, estaban las viviendas. En el centro de ese patio tan singular, siempre había una fuente, por eso en cada Cruz no puede faltar la fuente con su surtidor. Yo, lo que no entendía, era aquel pero atravesado con las tijeras. Te lo explico-carraspeaba para aclararse la voz-nadie quiere que le pongan peros a su Cruz, de modo que si alguien se atreve a tal cosa, con las tijeras le cortarán la lengua.

Jamás me he atrevido a poner peros, por si acaso.

Un chavea tiraba entonces de la chaqueta de papá.

-Zeñorico, sea usté apañao y deme un chavico pá la Santa Cruz.

Mi padre rebuscaba en sus bolsillos y sacaba dos reales.

sábado, 1 de mayo de 2010

MAMÁ

Andamos siempre discutiendo, sin enfados, pero sin ponernos de acuerdo. Es que no me comprende, pienso yo. ¿Tan difícil es entender lo que le digo?, pensará ella.


Me cuenta que no fue fácil, dos días de parto y la cría sin querer nacer. Era la primera, antes se malogró. Dos turnos de matronas. Pero Loli, ¿aún estás aquí? Ella sólo acertaba a llorar, impaciente y nerviosa. De pronto, como un vendaval, de madrugada, el día de Todos los Santos, abrió sus ojillos una niña de pelo negro, regordeta y sonrosada.

Una tarde de verano fue la peor, no despertabas de tu sueño -me sigue relatando-ardías como la lumbre. Te envolví en una mantilla y así, como estabas, me tiré a la calle en busca del médico, que gracias a Dios, tenía la consulta cerca de nuestra casa. Anginas diagnosticó. La fiebre te había dejado inconsciente…

Han pasado cincuenta años, y ella sigue ahí, cómo si fuera mi sombra. Pequeña y peripuesta.

Dice le duele todo, pero cada día se compone, se pinta sus ojos, delinea sus labios y peinada de peluquería, bolso al hombro, pasea sus 86 años por los Jardincillos o la ribera del Genil, luego un café con sus hijas y una vueltecilla por el CorteInglés. Sólo voy a mirar, se excusa. Nada como una buena siesta después de almorzar y de ver la novela. Por la tarde, con un manejo envidiable del mando a distancia, revisaba todos los canales de su tdt.

Amante de la buena mesa, en el pueblo, se deleita con su placer favorito y complacemos sus caprichos de: buñuelos con chocolate o migas de sémola con pescado o habas con jamón o puchero de coles. Nunca le falta su vasillo de buen vino.

Mañana es primer domingo de Mayo y no te he comprado ningún regalo, creó que esta pincelada de frases entrelazadas son una buena felicitación: ¡te quiero, mamá!

miércoles, 14 de abril de 2010

VA POR GRANADA


       ¡Que manía de cambiar, lo que está bien, tiene estos gobernantes! Nos quieren hacer comulgar con ruedas de molino, aclarándonos que la modernidad impera, que hay que adaptarse a los nuevos tiempos. Pues así será, pero yo por más vueltas que le doy, no entiendo esa filosofía.

       Me estoy refiriendo a los nuevos espacios para disfrute público, que se están inaugurando estos días en Granada, y cuyas obras se han financiado, dicen, con la ayuda del Gobierno Central a raíz de la crisis, paro y demás males que nos oprimen.

       Ese encanto tan singular, tan emblemático, de mi ciudad, conocido en el mundo entero, está siendo sacrificado en pro de un cosmopolitismo que nos viene grande. Entiendo que existan grandes avenidas, con no sé cuantos carriles, edificios que dañan tu cuello al intentar alcanzar con la mirada sus inexistentes tejados, plazas que no son tales, donde campea el cemento y el hierro, pero aquí, en Granada, esos decorados sin alma, dañan la vista y el sentimiento.

       Ríos de tinta han corrido desde el siglo XIX, cuando a los ilustrísimos ilustrados liberales se les ocurrido embovedar el río Darro, dando fin y destruyendo un patrimonio que no les pertenecía. Decidieron enterrar, a pico y pala, el curso del río desde Plaza Nueva hasta su desembocadura en el Genil. A cambio: calles, entonces adoquinadas, hoy asfaltadas. Adiós al Puente del Carbón, al Puente de la Paja, al Puente de Castañeda…, adiós a las casas de su ribera, a los talleres de artesanía, a sus recoletas calles…Pero se congratularon ellos, ya que podían circular con sus flamantes carruajes por donde antes sólo discurría el agua, amén de la alta cotización que alcanzaron los edificios construidos a ambos lados de los márgenes fluviales donde antes florecían almeces, moredas y agriaces. Aquella remodelación se hizo para mejorar la economía de la ciudad. Claro que la mejoraron: la de sus propios bolsillos.

       No tuvieron bastante y dirigieron su interés hacía el barrio nazarí de Elvira, derribando cuanto les estorbaba para construir una gran avenida, por lo de la expansión, y abren la arteria de la Gran Vía. Acto seguido, los nuevos edificios: palacetes copiados de la rancia Europa, al que cada uno ponía su nombre y gritaba a los cuatros vientos su poder.

       Desaparecieron en unos años los que perduró durante siglos, en favor de una modernidad ficticia y bien remunerada para los propietarios del suelo urbanizado, que además eran también, claro está, los que ostentaban el poder. Quizás, ni se les pasó por sus mentes privilegiadas, que tal vez Granada debería haber crecido por el extrarradio, a las afueras de la Medina.

       Pasó el tiempo y los que vinieron después hicieron público el error cometido, error que ya no tenía apaño. Lo hecho, hecho está. Lo que aún no había sido destruido, se mantuvo, se restauró.

       Pero el ser humano no escarmienta y llegamos a la actualidad sin haber aprendido la lección de los que nos precedieron y estos de ahora, nuevos iluminados, vuelven a las andadas. Sirva como ejemplo el palacete decimonónico de la calle Alhamar, en el barrio Fígares, destruido en su totalidad y en su solar un enorme hotel de unas cuántas estrellas, de nuevo hierro y cemento donde la vegetación envolvía una coqueta vivienda o el horroroso pavimento de La Alcaicería que ha sustituido al magnífico empedrado granaíno. De pena.
       Y siguen remodelando: Plaza de San Agustín, Plaza de la Romanilla, Huerto de Carlos (Albayzín), Placeta del Humilladero,…y así hasta el infinito. Menos mal que después de un año de obras, al Paseo del Salón y Jardinillos, sólo se han atrevido a agrandarles las aceras, eso sí, las han alumbrado con una especie de alcayatas gigantes.

viernes, 26 de marzo de 2010

VIERNES DE DOLORES

           D. Enrique, párroco de San Pedro, te recibe de 5 a 7 de la tarde, sólo miércoles, jueves y viernes. Así que después de comer con mi madre (hoy es Viernes de Dolores), de menú tenía unas doradas que Isabel pescó en Motril, me encamine calle San Antón arriba. Mi padre tenía costumbre de llevar una docena de claveles rosas a las Maravillas, ritual que yo mantengo aunque ya la Hermandad no conserve ese hábito.


          La chaqueta estorbaba, el calorcillo primaveral empieza a reinar en las tardes de Granada.

         Puerta Real, Reyes Católicos, Salamanca, Bib-Rambla, Zacatín. Gran Vía….




Primera estación:

           -Una tarrina de avellana.- Es que el jueves fue de turrón y me gusta ir probando cada uno de los sabores de “Los italianos”. Desde marzo hasta el día de los Santos tengo tiempo de disfrutar de mi capricho favorito: un helado.

           Plaza Nueva era un hervidero de foráneos. Cada uno en su idioma, colores de piel distinta, indumentarias varias, eso si, todos cámara digital en ristre. Asomando sobre las tapias de la Vela, cabecillas inquietas.

          -¡Que bueno que está este helado!

          Por la Carrera del Darro, esquivando al autobús del Albayzín y a los que se quedan embobados mirando como el Cubo de la Alhambra quiere caerles encima.



Segunda estación.

         Aún me quedaba tiempo y seguí hasta el palacio de los Córdova, con un poco de suerte el Archivo Municipal estaría ya abierto. Desilusión, sólo abren en horario de mañana. Pues no sé cómo lo voy hacer porque yo, por la mañana, aunque parezca mentira, trabajo.






Tercera estación.

           Todavía no eran las 5, nada mejor que un buen café con hielo, por lo del calorcillo a esas horas, en el Paseo de los Tristes, frente al Carmen. Me pase de las 5.

-¡Buenas tardes!, ¿D. Enrique?.

-Si señora, pase. Dígame usted.

-Pues dos cosas. Traigo estos claveles para la Virgen-el párroco hizo un mohín, ya sabía yo que los de los claveles no se estilaba pero me hice de nuevas- y no sé si podrá ser, pero necesito la partida de bautismo y de matrimonio de mi abuela.

-¿A que está usted escribiendo?

-Pues si.

-Es que vienen muchos por aquí pidiendo lo mismo. Somos la parroquia más antigua de Granada.

-Mira eso no lo sabía, pensé que era S. Matías.

-Pues se equivoca.A ver, año de nacimiento y año de boda de su abuela.

-Anda pues esos datos no los tengo aquí, creí que con el nombre....

-Vamos a ver, mire,-y se dirigió al archivo lleno de interminables tomos de libros descoloridos por el paso del tiempo. Yo le seguía con mi ramo de claveles rosas-¿Cómo busco yo aquí a su abuela?. Necesito los años. Tenga mi tarjeta y me llama.

-¿Y la Virgen?.

-Ahí está.

-¿Puedo pasar a verla?.

-Claro, venga ya la están vistiendo sobre las andas.

-Es que yo me llamo como Ella.

-Hombre, Maravillas.

          Acalorada como estaba tuve que echar mano de la chaqueta. El olor a cera me llegó al alma, y el frío también.

         Allí estaba, ataviada sólo con el vestido y su mantilla blanca. Así me gusta verla parece humana, una mujer de carne y hueso. Cuando la cubren con el magnifico manto, la hacen inalcanzable. Tres hombres atornillaban los guardavelas y los várales del palio.

         D. Enrique andaba ya con el sacristán preparando el altar para la misa de ocho.

-Son para Ella-le dije a uno de los hombres que se afanaba en sacar brillo a la plata de uno de los candelabros. Él asintió y tomó mi ramo.

-Gracias, D. Enrique, ya le llamó.

-Adiós, Maravillas.



jueves, 4 de febrero de 2010

LA TABA ROJA (Prólogo)


          Dicen que no pasa el tiempo, que quienes pasamos somos nosotros. Creo que quien pasa en realidad es la vida y el ser humano se aferra a ella como si de una tabla salvadora se tratara, para ir sorteando cada unos de sus naufragios y salir a flote vencedor. Así me siento hoy, salvada, invicta, respirando tranquila tras la tormenta. Si alguien me hubiera contado lo que me iba a suceder durante estos nueve meses, ya pasados, lo hubiera tratado de cretino.


         Y aquí estoy, en paz conmigo misma, con una maleta, que me ha costado lo indecible cerrar, con el jarrón de flores azules herméticamente cerrado y protegido por un embalaje exclusivo, con todo preparado junto a la puerta, para mañana temprano, iniciar un viaje especial.

         La noche acaba de cubrir la ciudad y me asomo a la terraza buscando ese hálito suave del final del verano, es propicia esta noche para vivirla, no me apetece perderla entre mis sábanas. La luna ha comenzado a salir tras las colinas que asoman por los resquicios que dejan los rascacielos.

         Esta vez no voy a inventar la existencia de ese señor que lleva de la mano a su nieto, ni la de esas señoras que han fundido sus tarjetas de crédito en el centro comercial que hay cuatro manzanas más abajo, ni la de ese grupo de jóvenes que proyectan su gran noche de viernes, ni la de esa pareja que se van besando ajenos al mundo que les rodea. No, ni siquiera voy a inventar la mía propia, porque mi existencia ahora es real.

viernes, 18 de diciembre de 2009

EL CARTUCHO DE MANTECADOS


Abro la enésima tarjeta de felicitación navideña desde mi correo electrónico, porque aquéllas en papel, con sonrosados pastorcillos de Ferrándiz ya sólo las encuentro en esa caja metálica del Colacao donde he ido guardando, año tras año, trozos de recuerdos.


Las campanillas, campanean; los renos vuelan veloces sobre una nieve que nieva; Papa Noel, con risa gutural incluida, me ofrece una cajita envuelta en papel rojo brillante y adornado con un lazo blanco; de fondo musical el Merry Christmas, cuyo estribillo soy incapaz de tararear porque, el inglés, como que me traba la lengua.

Agradezco al remitente su cortesía a la par que mi mente recuerda lo sencillo que era cantar cómo beben los peces en el río, mientras la Virgen María lavaba pañales y tendía en el romero.

La calle, engalanada para la ocasión, se cubre de miles de lucecitas, que ya no son globos cristalinos de colores, cuyos filamentos incandescentes nos alumbraban hasta la noche de Reyes, ahora parpadean bombillas de led, por lo del ahorro energético. Desde los escaparates de las interminables tiendas, miles de reclamos te invitan a comprar Felicidad disfrazada de pantalla de plasma o de blackberry (trasto que todavía no sé para qué sirve). El gentío, aturullado y de bulla, de un lado para otro, va con los hombros caídos por el peso de paquetes y bolsas. El gran abeto preside, hierático, la plaza del Ayuntamiento.

Al pobre nigeriano de la esquina, que luchó contra vientos y mareas en el cayuco que le desembarcó aquí, se le acerca la autoridad y le induce a recoger sus paraguas plegables y bolsos de cuero, en cumplimiento de la recién estrenada Ley de Convivencia Ciudadana, por la que queda prohibida la venta en la vía pública sin papeles, amén de malabaristas, payasos, mimos y músicos callejeros, que corren la misma suerte.

Sólo falta el pavo, la langosta, la piña, el caviar…, y los regalos y el traje y los adornos y las velas y…!ya es Navidad!

Sin ser vista, me escabullo y me alejo de esta locura con mi cartucho de mantecados. Y por si acaso, y en previsión de males mayores, desenvuelvo las pequeñas figuras de barro, que de un año para otro duermen entre hojas de periódico, escondidas en su caja de cartón dentro del altillo de mi armario.

A la burra ya le falta una oreja y la lavandera, manca del brazo derecho, frota la ropa, de rodillas, sobre su tabla, en la orilla del río de papel de aluminio. Los Reyes Magos siguen intactos, encaminándose solemnes al puente de corcho. Herodes, en su castillo, medita como combatir a ese Rey que le disputará el trono. Los pastores dormitan bajo un cielo imaginario, mientras la Estrella, que siempre se cae porque la chincheta no termina de clavarse, les muestra el pesebre.


Cuando cojo al Niño entre mis dedos, Él, parece sentir el calor de mis manos. Después de mullir la paja, con sigilo, lo dejo sobre su cuna, no quisiera despertarlo.

En ese instante, el gallo, canta anunciando la madrugada.



miércoles, 2 de diciembre de 2009

DIMES Y DIRETES


           Ando más liá que la pata de un romano, que si fue que si vino, que si dejo de ir, y no es por enredar, pero para líos, los del Montepío. No lo veo yo, esto, muy claro, aunque todo es según el cristal con que se mire y sin embargo, a quién madruga Dios le ayuda, aunque a mí por mucho madrugar no me amanece más temprano.


           Ya lo sé, teta y sopas no caben en la boca, pero es que nadie escarmienta en cabeza ajena, y yo como ese que mucho abarca y poco aprieta, y ahí, me acuerdo otra vez de Dios, que Él sí que aprieta pero no ahoga.

           Mi madre siempre me dice: -¡Niña, que no se puede estar en misa y repicando! Y yo le respondo que el que algo quiere, algo le cuesta. Y ella me contesta que sólo soy aprendiz de todo y oficinal de nada.

           Sin embargo, el que la sigue, la consigue, de modo que por un oído me entra y por el otro me sale, y a la mar marea y a la Virgen cirios. A ver qué pasa, porque el que no llora no mama.

           Terca como una mula y por donde meto la cabeza quiero sacarla, pero sarna con gusto no pica, de manera que no importa si no puedo, yo quiero y querer es poder, así que yo: genio y figura hasta la sepultura.

miércoles, 21 de octubre de 2009

UNA PINCELADA OTOÑAL

A este Otoño no sé que le está pasando. Viene envolviéndome con sus tonos ocres y dorados, enredando sentimientos, como queriendo vulnerar mi calma, arremetiendo contra pasiones y dejando el alma desnuda ante la mirada maligna del desasosiego.

Suspira Octubre haciendo bailar sus hojas, satisfecho por el trono reconquistado al placentero Estío y se va cubriendo de esa alfombra seca que cruje bajo los pies, al pisar.

He de tomarme un respiro, a ver si me tranquilizo, porque sino esta araña, en cuya tela he caído y de la que me cuesta escapar, terminará devorándome.

No acabo de “entrar en agujas”, será que le queda poco carbón a mi locomotora o que sus engranajes van faltos de aceite, el caso es que cada trance surge más empinado, cuajado de trabas que me impiden avanzar y me paso las horas nadando contracorriente.

Desorientada giro a mi alrededor buscando ese punto de luz que me indicará el final del laberinto. Cuesta verlo, maldita miopía que me impide resolver este dilema.

Pero no hay mal que cien años dure, la vida aprieta pero no ahoga, y sin darme apenas cuenta abro mi mente y ahí está, el más común de los sentidos: el sentido común, ese que mide tres dedos de frente.



Míralo, ¡y tiene la osadía de sonreírme!. Y extiendo mi mano atrapándolo.
Me hace cosquillas en la piel, ¡estate quieto!, le digo, pero parece no escucharme y sigue jugueteando hasta llegar a mi corazón. Se acomoda en mi interior y mostrándome la puerta de escape, me lanza guiños de complicidad.

Este Otoño me está asestando una de cal y otra de arena, menos mal que a mi lado tengo quién me adiestra para sobrevivir. Un atardecer me reveló su secreto: “de las dos caras de la moneda siempre escoge la buena, a la pérfida le echas una cruz”.

martes, 6 de octubre de 2009

INSTANTES ÚNICOS

A las siete, como cada mañana, la radio-despertador irrumpe en mis sueños y me devuelve a la realidad. Como un autómata y desembarazándome de los brazos de Morfeo aprieto el interruptor y desconecto la machacona voz del periodista de turno. Tras unos minutos vuelve el soniquete que con avidez y con cierta imparcialidad, me informa de la crisis que nos ahoga, de una nueva víctima de la violencia de género o de si Kaká marcó gol, o si quién nos los está metiendo a pares es Joan Laporta.

Termino apagando el receptor y prometiéndome a mi misma que un día de estos volveré a poner sobre mi mesilla de noche el reloj del abuelo con su incesante tic-tac, (al que tendría que acostumbrarme para poder conciliar mi sueño), así al menos, sería realidad la utopía de que el mundo está en paz.


Giro mi cabeza y en mi almohada, como un bendito, mi pareja aún duerme. Suavemente dejo sobre sus labios mis buenos días a la par que él abre sus ojos regalándome su mirada color de almendra.


Un nuevo día a estrenar, otro por descubrir y vivir sus veinticuatro horas, podría ser el último o uno más o tal vez ese que siempre recuerdas de una manera especial. Entre tanto, él, ya me ha preparado un buen café.
Los críos siguen mis pasos escudriñando por las taquillas de la cocina en busca de un vaso para su leche.


Y comienza ese frenético gesto de mirar las manecillas que marcan el paso del tiempo persiguiendo no llegar tarde, el estar ahí en el momento justo.
Parece rutina, piensas que siempre es igual, pero si consigues presionar la tecla de parada y dejar fija la imagen observas que hay detalles que hacen cada escena diferente, distinta, única.
Entonces reparas en que el sol calienta un poco menos, que la brisa del mar hoy es de Levante, que el capullo se ha convertido en una rosa perfecta, que en tu pelo aparecen reflejos de plata, que él ha cogido tu mano y te estremeces, que la voz de tu hijo está desafinada o que tu princesa, calzada sobre tacones, te pide que seas su cómplice nocturna.
Ningún instante es semejante a otro, ni siquiera los latidos innatos del corazón, y menos los de este mío cincuentón que brinca y se acelera, inconsciente,

cada Otoño.


Don Juan, al que llaman Tenorio, ya está ciñéndose su espada y cubierto con capa y sombrero volverá a reinar en mi primer día de Noviembre.

sábado, 12 de septiembre de 2009

AQUEL 16 DE JULIO DE 1.997

Miguel Ángel Blanco había sido secuestrado y su vida pendía de un hilo.
Me pasé dos días frente al televisor, acariciando mi pronunciado vientre. En el séptimo mes, la ecografía, desvelo que sería varón. Apretaba su culito contra mi pared abdominal, tanto que conseguía darle palmaditas hasta que cambiaba su postura a una más cómoda para los dos.
No me sentía bien. Aquella tarde su padre y yo, nos dirigimos a urgencias. En pocos minutos me encontré conectada a la máquina que escupía sin cesar gráficos y escalas. El bebé estaba bien pero había que ingresarme, se acercaba el parto, un parto complicado por la cesárea anterior.
Mala suerte, la planta de Maternal estaba completa, no había camas libres, así que nos devolvieron a casa. Ya avisarían.
Otra vez me senté frente al televisor y abrazada de nuevo a mi vientre intentaba entender lo que estaba pasando en Ermua: Miguel Ángel apareció herido de muerte con dos tiros en la cabeza. Murió de madrugada.
Sonó el teléfono, una voz amable me indicó que disponía de alojamiento en tan peculiar hotel.
En la habitación, dos camas. Me designaron la que estaba junto a la ventana, desde ella la vista era un gran lienzo: La Sabika coronada por la Alhambra.
Sobre la colcha, se disponían con orden matemático: el enorme camisón, toalla y sobrecitos con gel y champú para el aseo personal.
Dos días trascurrieron entre visitas del médico, analíticas, pruebas…y nueva compañera de habitación, por cierto se quejaba de todo, le dolía todo, lloraba por todo. No llegó para darme ánimos precisamente. Achaqué tantos miedos y llantinas a su condición de primeriza.
Amaneció el tercer día, miércoles. Era especial, festividad de la Virgen del Carmen.
Aunque hubiera preferido seguir durmiendo un rato más no tuve elección, de modo que abrí el grifo y dejé caer sobre mí el agua que, en multitud de gotitas cristalinas, esparcía la alcachofa de la ducha. Inmóvil, sentía correr aquel líquido incoloro sobre mi piel y observaba como blincaba sobre mi vientre, como una cascada, hasta mis pies. Reaccioné cuando la novata me indicó que era su turno para usar el baño.
El desayuno estaba servido en bandeja: café con leche y bollo.
La siguiente actividad programada para el día era la visita a la consulta del médico.
Al entrar, éste me espetó un “como dan lugar ustedes a ponerse de esta forma”. Agradable el gordinflón. ¿Se había mirado él al espejo aquella mañana?.
Mi niño no estaba cómodo, me daba pequeños avisos, quería ver el sol, respirar el aire de aquella tarde de Julio, oír a los pajarillos reclamando cobijo en las ramas de los árboles…Casi me había quedado dormida escuchando el galopar del potrillo que parecía su corazón, cuando la puerta de la sala de motorización se abrió entrando un grupo de batas blancas.
En la zona lumbar, entre las vértebras, el anestesista introdujo un líquido, ignoro su color, que me hizo sentir una pequeña descarga eléctrica. Comencé a no sentir mi cintura, ni mis piernas y me trasformé en corcho. ¡Qué frío y duro el aluminio de la mesa de operaciones!. Sobre mi vientre dispusieron un telón verde.
El reloj analógico de la pared marcaba las 6 y diez de la tarde.
Noté el bisturí abriéndose camino. No lo percibí.
Aquellas batas blancas seguían pululando al mí alrededor como mariposas. Al dar las siete, una de las alevillas abrió su amplia sonrisa y se escucho un llanto.
Envuelto en una sábana, siempre verde, me entrego a mi niño.


(Escrito el 16 de julio de 2.009, doce años después)

jueves, 10 de septiembre de 2009

MISERIA

Algunos hablan de miseria, califican con este vocablo la causa endémica de migrar a otros lugares en busca de mejores condiciones de vida.
Entiendo por miseria: desgracia, pobreza extrema, insignificante, desaseo.
He tratado de encontrar tales males en estas casitas blancas, que apiñadas, unas contra otras, se extienden al píe de la Sierra, arropando el nacimiento del agua bajo el tajo, escondidas tras el Alcornocal, abiertas a la inmensidad del mar, y en verdad que no he hallado ni el más leve resquicio de la tal miseria.
Ocurrió hace tiempo que la llamada del progreso sorprendió a muchos y abrumados llenaron baúles y valijas. Volvieron su cabeza al atravesar la Loma, mirando por última vez su pueblo y con el corazón repleto de esperanza se aventuraron en ciudades extrañas. El lance a la mayoría les salió bien.
Fueron valientes.
Hubo quién se atrevió a quedarse: ¿un lugar mejor?, adonde.
Aquí tengo mi casa, mi familia y algún que otro jornal; y yo, un par de fincas con almendros, algarrobos y olivos; y yo aquél riego. Cuando arranque las papas te llevaré un saco; y yo cuando muela te daré unas arrobas de aceite; y yo cuando siegue te dejaré paja y trigo. Y en la cuadra el marrano engorda para navidad; y las gallinas que ponen huevos; y el conejo para al arroz, que tierno; y el pulpo secándose en el terrado, junto a los higos; y en la lumbre, sobre las estrébedes, chisporroteando la leña, hierve la olla con el puchero de coles.
Tuvieron valor.
Años duros para todos en una batalla sin cuartel pretendiendo bienestar. Amor propio a manos llenas. Fue su aliado el tiempo que, con su trascurrir, les colmo de vástagos, desahogos, libertades y recuerdos.
Hoy unos y otros se dan la mano, refrendando la victoria sobre el destino, orgullosos por haber conseguido que este lugar no sucumba al abandono.
Amanece tras el Morrote, como cada día, como siempre y duele mirar la blancura de la cal cuando la castiga el sol.
¿Miseria?, a la lucha del hombre por sobrevivir yo le llamo Libertad.

domingo, 30 de agosto de 2009

LAS FIESTAS


Miro las banderitas de papel, que cuelgan entre el tejado del Molino y la reja de mi ventana. Ya solitarias y azotadas de vez en cuando, por este aire de Levante de finales de Agosto.
¡Hasta el año que viene¡. Suspira el corazón y se consuela pensando: está a la vuelta de la esquina. Si, una vuelta de esquina de más de trescientos días, pero cuando alcanzas el medio centenar de vida los trancos de la escalera se bajan , ya has dejado de subir (que realmente es lo que cuesta), y de ahí pienso, la bulla del tiempo.
¡Cuánto se va quedando atrás…¡, y eso es bueno porque lo has vivido.
Éstas han sido distintas. El marco ha dado un giro de 360º.
Los primeros comentarios del cambio me llegaron en Junio, -¿sabes que las fiestas van a ser en el Mirador?- me dijeron. Puede ser buena idea, cavilé. Lo cierto es que la situación lo estaba pidiendo a voces.
El aparcamiento bajo el Mercado y la Consulta del médico hacía ya que agobiaba al personal y no era el lugar idóneo para celebrar las fiestas patronales que año tras año ganaban fama y adeptos: la orquesta cada vez ocupando más pista de baile con voltios, amperios y decibelios propagándose por retinas y tímpanos; sauna gratis cuando te marcabas unos pasodobles; si remoloneabas un poco en la cena las mesas ya estaban ocupadas; hileras de vehículos aparcados que habías de ir sorteando; invasión total del centro de la villa.
La controversia estaba servida.
Desde mi entender el cambio ha sido para bien, cierto que la víspera me encontré rara, desubicada, que diría un hispanoamericano. El decorado no casaba con mis anteriores “santocristos” pero la brisa de la Sierra me traía el mismo aroma de romeros y tomillos. La parentela, amigos y conocidos deambulaban en torno a mí. No, no me había equivocado de localidad, simplemente surgió la metamorfosis, nuestro Pueblo se hizo mayor y sus pantalones cortos como que le quedaban chicos y precisaba vestirse de largo. Y así fue.

viernes, 7 de agosto de 2009

LA CURIOSIDAD MATÓ AL GATO

El armario del dormitorio de sus padres siempre estaba cerrado. La llave era inalcanzable para él, permanecía escondida en lo alto del mueble,. Cuando la madre tenía que trajinar en él, cerraba previamente la puerta de la estancia y el crío, al que se le quedaba cara de bobo, permanecía inmóvil en el pasillo:-“Espera ahí, mamá tiene algo que hacer”. Y esperaba. Era misterioso aquél armazón de caoba de seis hojas, tan alto que tenía que doblar la cabeza hacía atrás para ver su fin.


Una vez más se encogió de hombros y buscó su “madelman” de policía y se puso a jugar. No era el original, pero no importaba. La pasada Navidad se ve que los Reyes Magos de Oriente no entendieron muy bien su carta y le dejaron sobre sus zapatos, impecables después de la limpieza con crema marrón que le prodigó su padre, aquel muñeco larguirucho al que los ojos se le habían medio borrado.
La fila frente a la entrada de la escuela parecía no ponerse de acuerdo por lo que la maestra exhortó a sus diminutos discípulos para que tuvieran a bien poner un poco de orden y alinearse de manera correcta. Ni caso, por lo que alzando su voz sobre la algarabía de los párvulos les dijo que si continuaban así pasarían la mañana en el patio, castigados, y no tendrían recreo. Surtió efecto la amenaza y al instante cada cuál tocó el hombro de su compañero, estirando todo lo posible el brazo, quedando una alineación impecable.





Margarita era su compañera de pupitre. Peripuesta como ella sola, con un lazo en su pelo a juego con el vestido. No jugaba, le estaba vetado corretear, podía caerse, mancharse y lo peor, parecería un marimacho, las señoritas han de saber comportarse, le aconsejaba siempre su dominante progenitora. Eso sí, cuando arreciaba el calor, gustaba de sentarse a la sombra del enorme Platanero de Indias junto al resto de la clase, los demás al verla venir decían con guasa: ¡dejarle sitio a Margarita en el banco, que en la tierra no la dejan¡. La preferida del pequeño era Luisa, ella si que sabía jugar. Experta con la peonza a la que hacia bailar ya fuera sobre la tierra o sobre la palma de su mano; y con las chapas, sólo Ricardito osaba enfrentarse a ella. Alguna vez, las menos, le ganó la partida.
Las vacaciones de Navidad estaban a la vuelta de la esquina y andaban atareados dibujando y dando color a las felicitaciones que días después entregarían a sus familias.
Él, sobre una cartulina, dispuso uno junto a otro a los tres Reyes. Barba y cabellos blancos, abundantes y largos: Melchor; barba y cabellos rojos y cortos: Gaspar; cabeza rapada, negro y con turbante: Baltasar. Sobre ellos la mágica estrella que los guió a Belén. Al filo, casi cayéndose de la cuartilla, plasmó un garabato en el que se podía adivinar su nombre: Tomás.
El sabelotodo de la clase miró su dibujo y lanzó una carcajada:
-Tomás sigue pintando a los Reyes Magos, ¡so tonto¡ si son mentira,-gritaba.
El lápiz cayó de entre sus dedos y miró perplejo al inútil que ante él seguía con sus risotadas.
-¿Pero es que todavía no lo sabes?
-¿El que tengo que saber listillo?- se envalentonó.
-Pues que los reyes son tus padres, capullo.
Enmudeció y bajo la mirada. Tras una pausa atinó a responder:
-El capullo lo serás tú por eso tus reyes son tus padres, a mi estos, –y señalaba sus regios personajes- son los que me traen los juguetes.
Doña Antonia, que así se llamaba la maestra, les reclamó: -Niños, por favor, silencio. ¡Basta ya¡-. Hubo de repetirlo unas cuantas veces hasta que consiguió que el
timbre de su voz sobrepasara el griterío de la chiquillería. Entonces se dirigió a ellos indicándoles que podían recoger. Les deseó unas felices navidades y dio por terminado el primer tramo del curso escolar.
El armario de sus padres continuaba burlándose de él. Qué curioso, en estos días el regodeo era mayúsculo.
En la casa todo era un ir y venir preparando la Nochebuena y su madre volvía de la calle cargada de paquetes y bolsas. Cuando la llamaba ella le contestaba que ahora no podía atenderlo, que estaba muy ocupada, que fuera en busca de la abuela que nada estaba haciendo.
Pero el chiquillo andaba inquieto, tenía que abrir aquél gigante y descubrir que secreto guardaba en sus entrañas. Desconocía cómo, cuándo y con qué. Su pequeña cabeza empezó a elaborar estrategias las que, por un motivo u otro, se desvanecían en mil y un inconvenientes. Estaba inmerso en sus cavilaciones cuando el aroma de una sopa de picadillo atravesó el umbral de la cocina y lo alertó del menú de la cena: era su preferido.


Los mayores hablaban y él, en silencio, pensaba. ¡Alto ahí¡… ¿ qué estaba diciendo su padre?, que iban a salir, que tenían una cita con sus amigos, que se quedaba sólo con la abuela. Casi se atraganta al sorber el caldo con los fideos. Aquella iba a ser la noche en la que vencería a su enemigo.
El beso maternal sobre su sonrosada mejilla era la señal.
-Buenas noches, mi chiquitillo, que descanses, hasta mañana y no le des quehacer a la abuela.
Y se marcharon.
Aferrado a su linterna saltó de la cama. Se acercó al cuarto de la abuela y comprobó que ya dormía. Sólo se percibía el tictac del despertador.





Ya estaba ante él. Colocó una silla y encima un taburete. Y escaló hasta la cima del mueble. De puntillas sobre la anea palpo el alto hasta que notó la frialdad de la llave. Descendió de su atalaya enfrentándose a la cerradura. Su corazón se aceleró. El resbalón cedió y se abrió la puerta.
Su madre, que regresó ya de madrugada, lo encontró sentado ante el armario abierto. Estaba ausente, ido, pétreo. Junto a él, un Madelman original.







miércoles, 5 de agosto de 2009

SU SECRETO



La niña solo daba problemas, claro que lo que él entendía por problemas sólo era una forma de ver la vida.
En su cuarto, frente al libro de matemáticas, los versos se unían en poesía. La física, laboratorio improvisado de fantásticos personajes de leyenda. El latín, se conjugaba en prosa.
Los pasos de papá en el pasillo advertían a la niña. Un montón de cuadernos y libros cubrían sus folios manuscritos.
-¿Estarás estudiando?-.
-Si-. Sonreía maliciosamente cuando él desaparecía tras cerrar la puerta. Una vez más su secreto estaba a salvo.
Los estíos, entre clases particulares y fines de semana a la orilla del mar. En Septiembre lograba un tímido aprobado que le otorgaba el beneficio de pasar de curso.
Reuniones clandestinas en las horas libres, asambleas en la facultad revindicando Libertad y Democracia.
En su cuarto, su secreto seguía a salvo.
Se agotaron las convocatorias.
-¿Qué va a ser de ti?,... y esas amistades tuyas, no me gustan-.
Silencio por respuesta.
Ella seguía cortando hojas del almanaque que colgaba de la pared. Cambiaban los años, el diseño de los números y el Santoral.
Sin ser consciente del paso del tiempo, una mañana al mirarse en el espejo, comprobó su metamorfosis. Contempló a un ser adulto, pero su alma seguía repleta de sueños.
Rebuscó inquita en los cajones de la mesa de estudio, allí seguían sus escritos.
Suspiró complacida.

lunes, 4 de mayo de 2009

LA SANTA CRUZ




Tratar de ubicar esta fiesta en el tiempo resulta imposible. Data de muy antiguo. Lo que si está acreditado es que se inició como un homenaje militar a la Cruz, quizás en agradecimiento por las Cruzadas victoriosas frente al enemigo infiel.
El redoble de los tambores avisa, a muy temprana hora, con las claras del día, a todos los vecinos del lugar de que empieza una jornada de asueto. Tras recorrer las calles inician un nuevo recorrido deteniéndose en los distintos hogares donde durante un año se han custodiado cada una de las insignias.







Primero el Sable, después el Pincho, luego la Bandera. Por último se recoge y se incorpora a la comitiva la Madrina . Juntos hacen entrada en la Iglesia y da comienzo la misa solemne, puntualmente a las doce del mediodía.


Una vez terminado el Oficio, la Santa Cruz engalanada con flores e infinidad de cintas bordadas por las mujeres del pueblo y como pago de los favores recibidos por la venerada Cruz, comienza la procesión.





Más tarde el Ayuntamiento invita a comer a todos los asistentes.



Al caer la tarde y cuando el sol va desapareciendo tras el Alcornocal nuevamente se recorren la calles de la localidad, esta vez para el rezo del Santo Rosario. Terminada la peregrinación y ya en la plaza los nuevos mayordomos recogen las insignias que guardarán hasta el próximo 3 de Mayo.





La celebración termina acompañando, todos los vecinos hasta su vivienda, a la nueva Madrina que guardará el pequeño cofre de madera repletos de las cintas bordadas. Como agradecimiento la familia invita al personal a una copita de anís y pestiños.
Pero lo relatado no siempre ha sido así. El paso de los años va cambiando la tradición y se amolda a los nuevos tiempos.
Volviendo al pasado: enfermedades, calamidades, malas cosechas..., regían el devenir cotidiano de los campesinos, los que aferrados a su fe rezaban ante su Cruz intentando que por su mediación sus males fueran menores, prometiendo que de ser así la servirían organizando la fiesta del 3 de Mayo y bordando la mujer de la casa una cinta en recuerdo del favor recibido.
Ocurría que la familia, cuya manda debía de ser cumplida, se empeñaba económicamente de tal forma que hubo quién sucumbió en la ruina, por lo que era peor “el remedio que la enfermedad”. Por ello y dado que la celebración era de tal magnitud dineraria allá por los años 40, el párroco de aquél entonces decidió que no se celebrase más la festividad de la Santa Cruz.
Quedó en el olvido pero no en el fervor del pueblo.
Después de 35 años, la localidad añoraba tan singular y tradicional rito. Cada primavera solicitaban al párroco de turno recuperarlo y por fin accedió, eso si con una condición: las mandas no volverían a incluir tan opulentos y cuantiosos festejos a cargo de una familia.
Así se hizo y hasta hoy, donde todos y cada uno de los vecinos participamos en la exaltación de la Cruz. Las vísperas unas mujeres preparan las viandas y otras disponen la Iglesia y las andas de la Cruz. Los hombres se encargan de los trabajos más pesados.
Y aquella antigua tradición sigue viva en nuestra comunidad convertida en manifestación religiosa y profana a la vez, siendo el día del año en el que la convivencia y hermandad se respira por cada callejuela bajo la protección de la Santa Cruz.

sábado, 2 de mayo de 2009

LA CASA

LA PANTA BAJA.
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ENTRADA Y COMEDOR
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La Casa, desde primeros de s.XX se había destinado a posada del pueblo. Por ello la planta baja estaba destinada a cuadra, cocina y zaguán.

En la cuadra, los pesebres se ubicaban en el lateral derecho, a lo largo del muro. Sobre cada uno, un atadero en madera. Un ventanuco dejaba pasar luz y aire. En su día hubo de tener mejor aspecto del que nosotros encontramos, convertida en almacen de mil chirimbolos.


Dejarla diáfana, picar, rebajar suelo para dar altura, levantar tabiques, abrir hueco para comunicarla con la cocina, quitar pesebres respetando los ataderos, ampliar el vetanuco...
Diseñé dos aparadores que son el detalle coqueto de la habitación.















El resultado no necesita de más explicación.


LA COCINA
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A la voz de "quiero todo el mundo fuera, a la calle" Pepe Cañas, se enfrentó ante un muro de 85 cm. de grosor, todo él de tierra y piedras. Había que abrir una puerta para comunicar la cuadra (hoy comedor) con la cocina. Se rebajo el suelo hasta conseguir la altura óptima de la habitación. Se cerró el acceso a los cuartos y la cochinera y se reconstruyó la chimenea. Mi amiga Carmen y yo con el metro de costura fuimos midiendo y diseñando el tipíco rincón donde preparo mis mejores pucheros de hinojos ó coles.

La restauración de las vigas del techo, una por una, de cada estancia de la casa, ha sido fruto de la paciencia y buen hacer de Nicolás. Por eso creo que merece un punto aparte.












































domingo, 26 de abril de 2009

UN ANTES Y UN DESPUES Cap.1


La ruina era total. ¿Donde nos habíamos metido?.
Aquel 15 de Septiembre de 2.001 decidimos comprar la Casa.

Un sueño, una ilusión...y mucho trabajo, como si de una cenicienta se tratara, un montón de escombros se convirtieron en un hogar acogedor y extraordinario.
En marzo de 2.003, Nicolás armado con su picola, comenzó a picar. Iniciaba la trasformación.
Un año de ir y venir, de Granada a Lújar, de Lújar a Motril. Con el frío de Enero y con la calina de Julio. Aprovechando los fines de semana, puentes, vacaciones. Bajarte del coche y cambiar zapatos por botas, camisa por camiseta...Ordenador y portafolios por cubo de mezcla y palustre.



El equipo humano, lo mejor a la par que especial.
Encargado de la obra: el abuelo.
Empresa: Pepe "Cañas" e hijos.
Los peones: Nicolás y su hermano Mariano.
La maquinaría: las mulillas Rojilla y Lucera.
Los expertos en transporte de material y desescombros: Juan y Pablo (nuestros sobrinos).
El resultado de tan ardua labor de equipo fue el que ahora os paso a relatar, pero como muestra basta este botón. El antes y el después.












jueves, 16 de abril de 2009

LLEGA LA PRIMAVERA

Cada primavera, fiel a su cita, el almendro florece. Sus ramas ennegrecidas, rugosas, se llenan de vida y su copa amanece inmaculada.
El aire llega envuelto en la dulce fragancia que hace recordar a la miel, transportandote a la niñez.

El abuelo traía escondida una fuente de barro. Yo le había visto entrar y corrí hacía él, -¿Qué es, abuelito?, ¿qué traes?-. El sonreía malicioso y contestaba, -Nada, nada.











Cuando por fin accedía a mostrarnos el contenido de la fuente, la boca se hacía agua: un panal. Corríamos a la sombra de la parra y sentadas, mojabamos nuestros dedillos en la dulce golosina derramada, para después ir lamiendo cada unos de ellos.

Con su navaja troceaba la cera y nos daba. Al mascarla podias libar toda la miel de cada una de las celdas.
"Dulces recuerdos de niñez.

Entre soles y almendros: néctar dorado para la vejez.

Chiquilla, ¿quieres miel?,

para verano una orza te llevaré,

y el azabache de tu mirada en mi corazón prenderé."